¿Grabaste?

Desde hace unos meses, cada vez que alguien dice ¡Traigo la última!, y acto seguido saca el celular, los pelos se me ponen de punta. No porque sea yo reacia a la tecnología, qué va, sino por cómo la realidad me ha demostrado, a golpe de desagradables experiencias, que las más espeluznantes imágenes de riñas, accidentes y asesinatos se disputan hoy los megabytes de almacenamiento en los dispositivos móviles, cual video musical de moda.

Y es que con el avance de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) se ha hecho habitual que, ante el más mínimo incidente con matiz morboso, cualquiera tome instantáneas o videos que, en un abrir y cerrar de ojos, se vuelven virales cuando van a parar a las redes sociales, o sencillamente, viajan de celular en celular mediante aplicaciones como Zapya, sin valorar, siquiera, la magnitud de lo que se está reproduciendo.

Todavía recuerdo las imágenes del incendio ocurrido en la gasolinera de Santiago de Cuba, en las que quien grababa ni siquiera se molestó en alertar a las personas que por indisciplina arriesgaban la vida y solo detuvo la filmación, una vez que la cercana explosión le sacó un buen susto.

Pero más reciente aun, asoma el caso del joven que muriera por el ataque de un tiburón en la playa holguinera de Guardalavaca, cuyas fotografías se hicieron públicas sin apenas pensar en el dolor de una madre que perdía a su único hijo.

Aunque en la era de las TIC se habla del llamado periodismo ciudadano existe una diferencia muy grande entre informar e incitar al morbo. Reflejar el acontecer con instantáneas inhumanas no nos hace más realistas, sino que dice mucho del irrespeto a las víctimas de crímenes o accidentes a sus familiares, o de la violación del derecho a la privacidad, cuestiones con las que en nuestro país hemos sido un tanto tolerantes, cuando en otras partes del mundo, tales actitudes son penadas por la ley con multas millonarias e incluso la cárcel. Ya va siendo hora de que cada cual se responsabilice por las imágenes que difunde.

Mas no solo los mayores comparten los videos de los más detestables crímenes pues, nuestros niños y adolescentes, también los reproducen en sus tabletas y teléfonos con toda la naturalidad del mundo, a mi juicio, uno de los mayores focos preocupantes, en un contexto en que el acceso a estos dispositivos es cada vez mayor y desde edades tempranas. Después son estos los mismos menores que observamos en cualquier pantalla mientras se enfrentan a la salida de la escuela y un círculo de espectadores, celular en mano, graba hasta el más mínimo detalle sin ánimo alguno de sofocar el altercado.

Si bien el hombre es curioso por naturaleza, no es menos cierto que esas imágenes que hoy en día consumimos, a veces incitados por la intriga, y en otros casos con dejos de desconcierto o aversión, calan de a poco en nuestro pensamiento hasta el punto de que aquel suceso que alguna vez creímos un acto cruel y despiadado, llegará a parecernos totalmente normal, al tiempo que hacemos de nuestro entorno social una suerte de coliseo romano en el que faltarán los leones pero sobrarán quienes se peleen, en tanto el resto lo disfruta.

No se trata de ahora empezar a arremeter contra las TIC como culpables del fenómeno pues las cuestionadas imágenes no circularían sin la intención de quien busca el mejor encuadre y aprieta el obturador por el puro placer de más tarde compartirlas con amigos, exhibirlas en su muro de Facebook y seguir el juego que, contrario a lo que pueda pensarse, no nos hace estar más, ni mejor informados, sino que nos convierte en insensibles seres humanos.