Golpeados ni con palabras

Llevaba una lista de tareas en una pequeña hoja de papel que le arrebató el viento, cuando sacaba el dinero para pagar el pan. Se puso tan agitado que olvidó la jabita, el periódico y la cartera con dinero sobre el mostrador, mientras trataba de alcanzar la nota.

Al unísono, un joven y yo, vimos su nerviosismo, corrimos a ayudarle, y le entregamos sus pertenencias junto con la anotación, a salvo.
Fue entonces cuando suspiró del alivio, se colocó la gorra, y dando las gracias, dirigió su mirada al recordatorio, para verificar si le quedaba algo por hacer; luego, como si nadie lo oyera, dijo: “Menos mal que no se perdió, si no mi hijo me regaña. ¡Hay de mí, si cuando él vire de su trabajo no he cumplido con los quehaceres!” Y continuó su soliloquio.

En la cola, casi nadie notó el incidente, pasó inadvertido como suele pasar la propia violencia, que se disfraza de inocente y convive en muchos hogares, invisible ante los ojos de la familia y, en ocasiones, de la propia víctima.

De regreso a mi casa, coincidí con un vecino, entrado en años también, quien me comentó del padecimiento ortopédico que le impide caminar con agilidad. Minutos antes, fue ofendido y casi atropellado por un joven que conducía una motorina, por su lentitud al cruzar la calle.

Percibí que existe una gama de matices muy grande para clasificar a la violencia contra el adulto mayor, que no solo se presenta en el hogar, sino en la sociedad misma, y no se caracteriza por la agresión física como media, sino por el maltrato emocional, verbal, o la ignorancia.

Sucesos similares a estos, se vuelven cotidianos y se convierten en un evento preocupante si no aprendemos a envejecer y a ser adultos de esta época.
Hay que tener en cuenta que este grupo poblacional va en ascenso, según lo demuestran las estadísticas demográficas, las cuales refieren que, en Cuba, el 20.1 por ciento de las personas supera los 60 años, dato que anuncia que en el 2020 existirán, por primera vez, más ancianos que niños.

No caben dudas entonces, que necesitamos detectar y enfrentar cada una de las expresiones de maltrato a los añosos, cuestión de nuestro contexto cultural que debe enmarcarse como un factor de riesgo que nos toca a las puertas, y en el cual el Médico de la Familia debe ser un pilar en la educación y prevención de este flagelo.

Muchos hombres y mujeres de juventud acumulada transitan por un proceso natural en el que cambian su cabellera por una más blanca, la piel se vuelve más delicada y la mirada más tierna, pero no pierden sus derechos constitucionales ni se les excluye.

Las personas suelen decir que son como los niños, sin embargo, son aún más vulnerables, porque llevan en sus espaldas el paso de los años.

Como los niños, demandan atención y cariño, aunque cuando los infantes van a recorrer el camino, ellos vienen; mientras a los pequeños se les estimula para desarrollar sus capacidades, nuestros abuelos comienzan a perderlas.

Y hay más: ambos necesitan de la familia, y de una sociedad que los acepte, de buenos profesionales que los atiendan, de reconocimiento y protección, tanto para hacerlos hombres y mujeres de bien como para ponerles el broche de oro a la larga vida; pero golpes “ni de palabras”.

• Lea más sobre el Envejecimiento poblacional en cifras