Esa pared

Nada tiene que ver el título de este trabajo con aquella canción del argentino Leo Dan. Tal vez lo único en común sea ese fragmento que dice: “debemos platicar”.

Porque, en efecto, quien vea paredes o muros como los de la parada de ómnibus, situada entre el Instituto Preuniversitario La Edad de Oro y la Escuela Secundaria Básica Urbana René Ramos, en la ciudad de Ciego de Ávila, sentirá, como mínimo, la necesidad de platicar (hablar) con alguien.

Difícil será hacerlo con los sujetos, bien activos, que han convertido la pared en una “suerte” de mural público, donde, por lo visto, cualquiera escribe, dibuja o garabatea lo que se le antoja, como si ello fuese una gracia, signo de modernidad o un derecho (bien al revés) de quienes, por el contrario, tienen el deber (bien derecho) de preservar y cuidar.

Infiero cómo se sentirán los obreros que pintaron de azul la instalación. Deben estar sufriendo el amargo sabor del irrespeto y la desconsideración hacia ellos y a las mejillas de una ciudad que, como dijo nuestro sitio  hace unos días, empresas y organismos se empeñan en librar de suciedad y embellecer.

¿Cómo dar con los autores de esa indisciplina social?

Si los nombres, cuidadosa o descuidadamente rotulados, no son ficticios o extraterrestres (y dudo que lo sean), aquí mismo cabría el anuncio: “Se busca a Lisvanys, Richel, Analie, Diana, Leidy Marian, Adrián, Yelena, Erián, Yalkari, Angelo, Brayan, Yarianna, Nayari (…).”

Por cierto, no recuerdo haber visto a un Norberto, Juana, Magalys, Juan Francisco ni siquiera a un José Antonio o María Isabel.

Puedo estar equivocado, pero mientras más medito, más se me acentúa el sabor a poca edad de aquellos nombres, la forma y el contenido de lo inscrito.

¿Será que el grueso de los “rotulistas y dibujantes” han sido adolescentes y jóvenes que estudian en ambos centros?

Triste sería. No es eso lo que enseñan a hacer los programas de Educación y, por supuesto, tampoco los profesores.

De cualquier modo, si yo integrara algún claustro, por “curiosidad” y previsión, echaría una ojeada sobre los pasos de los muchachos y muchachas al terminar clases o, quizás, pasaría por la parada (y no excluyo a las cercanas también a otras escuelas) “por si acaso”.

Tal vez afloren coincidencias entre la caligrafía de algún que otro nombre allí pictografiado y la que, perteneciente a igual patronímico en registro docente, se supone sea objeto de revisión, en tareas, notas de clase, ejercicios en el pizarrón. Lo digo porque letreros como el de “Adriel, 8vo 4”, pueden ser un indicio.

Se sabe que el asunto no es responsabilidad única de maestros. En mi opinión, esa irreverente postura —trátese de adolescentes, jóvenes o no, con vínculo estudiantil, laboral o sin él— nace de la mala educación familiar, como premisa originaria.

Después, podemos sumar todo lo demás: insuficiente rol educativo, débil actuación de la comunidad y de la sociedad en general, pobre actuación de estructuras estatales para exigir orden…

Lo cierto es que espacios así dejan penosa imagen, muy distante de lo que se pretende, en términos de educación y de cultura. La pregunta es si podemos ponerle coto o no. En lo personal, pienso que sí. Todo está en actuar. La fórmula nunca será pintar las mismas paredes y muros públicos 12 veces al año.