Lunes, 20 de mayo de 2019 11:06 PM

Engordar la autoestima

Mamá con su bebéInternet Siempre le dijeron que el embarazo sería difícil. Las piernas se inflamarían y las venas azules le surcarían la piel. Vendría un hambre casi compulsiva, seguida de algún que otro malestar, varias libras de más y estrías delatoras.
También le dijeron que, en estos nueve meses, debía hacerse la de la vista gorda ante cualquier infidelidad. Estas cosas siempre sucedían porque el cuerpo de la mujer luce menos apetecible.

Empezó a aderezar el armario con prendas, además de cómodas, capaces de disimular su gordura “anormal”. Buscó en el mercado las más suculentas cremas hidratantes y cubría con papel carbón el tono ocre de su pelo sin teñir.

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A los dos meses dejó de darle el pecho a su bebé con esperanzas de que sus senos volvieran a ser los de antes, a contrapelo de las muchas estadísticas que, a cada paso, le recordaban los beneficios, casi inigualables, de la lactancia materna. Después vino la liposucción de abdomen y, poco a poco, su ideal de belleza tomó forma frente al espejo. Entendió la maternidad y la belleza tal cual le dijeron: antónimos de un canon que ya no solo pondera la delgadez, sino los músculos portentosos en abdomen y glúteos.

Tampoco le contaron toda la verdad ni las acepciones que gravitan sobre la supuesta ¿normalidad? ¿No será esta una nueva figura que debe entenderse y asumirse? En mi opinión, el verdadero significado radica en lo que el cuerpo ha hecho y en el porqué de las cicatrices. La belleza depende, amén de cualquier cursilería, de los ojos con que miremos.

Circulan en las redes sociales hermosas y populares imágenes de mujeres embarazadas, al punto de ser casi usual que las parejas inmortalicen con una instantánea de estudio este período.

La tendencia ha continuado con celebrar baby shower en los meses previos, sin embargo, la historia es muy diferente cuando se intenta contar lo que pasa después del parto, unas veces porque se invisibiliza y, otras tantas, porque se muestra desde el enfoque de los esbeltos cuerpos que han “recuperado la normalidad” con rapidez.

Parece un pecado continuar gorda y sin intenciones de hacer nada para cambiar ese estado. No menos fútiles son las opiniones compartidas de que el parto envejece, cuando más joven mejor para enfrentar la carga, o que el deseo sexual del hombre disminuye frente al enorme bulto en forma de barriga.

De estos estereotipos y más podría hablarse en Cuba, un país cuyos indicadores demográficos muestran una esperanza de vida cifrada en los 78 años, un índice de envejecimiento poblacional que supera el 20 por ciento, y números poco halagüeños si nos referimos a la natalidad.

Contra todo pronóstico saludable, se ha registrado, en los últimos años, un aumento de los embarazos precoces, que solo en Ciego de Ávila registran cerca de un 19 ciento del total de alumbramientos. Consecuentemente, los modos de hacer de la maternidad un ejercicio responsable y crítico, en todos sus sentidos, se desdibujan.

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Nada vuelve a ser igual, las responsabilidades, los ingresos económicos y la convivencia toman otros tonos, aunque esto no implica que sean más grises.

No existen formas correctas o incorrectas de vivir la maternidad o ser madre, sino distintas; por eso, no es un pecado cuidar la figura, mantener una dieta o hacer ejercicios físicos, pero lo cierto es que, durante mucho tiempo, se ha construido una imagen de cómo debe ser y actuar una mujer, no cumplir la norma todavía genera autosufrimiento innecesario.

Cuando tenga su segunda oportunidad, lo hará todo diferente: redescubrirá su cuerpo bajo el influjo de las venas exuberantes y las grietas sin mayores tormentos, y aprovechará cada bocado como si fuera el último. Entonces habrá “engordado” lo suficiente su autoestima.


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