El síndrome de Shakira

Subió el volumen de la música a un nivel que, probablemente, nunca supo porque estaba tan concentrado reproduciendo el “mami que rica” de aquel trap que olvidó dónde estaba. Justo en el centro del parque Martí ubicó las bocinas, su laptop y, mientras esperaba por el comienzo del acto al que le pondría el audio, decidió atormentar, por más de cinco minutos, a los transeúntes en el corazón de la ciudad.

Pudo ser la seña desde un banco advirtiéndole cambiar el género, lo cierto es que el sonidista no encontró otro remedio que poner un disco de Buena Fe para cambiar las caras de quienes lo miraban como diciendo ¿y este de dónde salió? Sin embargo, aquellas melodías seguían retumbando, mezclándose con las emitidas por las nuevas carpas instaladas en los bajos del edificio 12 plantas, mientras yo recordaba la frase de mi madre cuando se sube un tantico el volumen del televisor: “esto parece una casa de locos”.

En ese instante uno empieza a sacar conclusiones y a preguntarse cómo son permisibles tales actitudes si no solo se perjudica a quien está de paso por allí, sino también a los centros de trabajo situados en el entorno, a los vecinos de los edificios que deben soportarlas hasta las tantas de la madrugada, e incluso a quienes esperan la guagua, proceso que en sí, es estresante.

Imagine cuál sería el criterio que se formarían de los avileños los turistas si, en ese instante, hubiese “desembarcado” en el lugar uno de los ómnibus que los trasladan. Seguro que el ¡Oh my God!, en el mejor de los casos, no nos lo quitaba nadie porque ni con muchas sonrisas o un buen trato se puede borrar la primera mala impresión.

Adoptamos algo a lo que llamo el síndrome de Shakira. Nos hemos vuelto como dice una de las canciones compuestas por la cantante colombiana en ciegos y sordomudos, a tal punto que nadie ve ni escucha nada, para no buscarse problemas, quién sabe, o cómo se explica que a un lateral del parque se encuentre la Asamblea Municipal del Poder Popular y ninguna autoridad note el estruendo.

En la provincia, la delegación territorial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) cuenta con un departamento para la recepción de inconformidades referentes al tema y según Heberto Fernández Buchillón, especialista principal del grupo de regulación ambiental de la unidad de medio ambiente, la mayoría de estas se relacionan con la Dirección Provincial de Cultura.

Sin embargo, Roberto Jiménez González, subdirector de Cultura en la provincia, asegura a Invasor que, hasta la fecha, solo existe una queja y pertenece al municipio de Morón. A la pregunta de cuál es el procedimiento en casos como este, Jiménez González afirma que se le da un marco de tiempo al organismo, institución o persona demandada para solucionar el problema, de incumplirlo, le será retirado el contrato.

Pero, ¿dónde están los que deben velar porque no se irrespete la tranquilidad? La respuesta no la tiene esta periodista, aunque sí la duda de por qué no multar a quienes incumplen y no con una cifra risible, para que “duela” en la conciencia y en el bolsillo.

Es Ciego de Ávila, una ciudad pequeña, existen excusas para impulsar nuevos proyectos que no tienen en cuenta del todo la localización adecuada y la acústica necesaria. De ahí que, deban proyectarse inversiones para transformar un establecimiento nocturno, pues los niveles de la música perjudican la convivencia.

Y ojo con los inspectores porque, a pesar de que sea Geocuba quien posea el único sonómetro en la provincia para medir decibeles, no hay que ser experto si, de veras, se quiere acabar con el ruido.