El corazón roto y el estómago vacío

Las personas obesas no deberían ingerir alimentos nunca, a juzgar por el modo en que los no-gordos los miran, los recriminan, los avergüenzan

Palabras Me vi en los ojos de aquella niña y también estuve a punto de llorar. Ella por la humillación. Yo por la rabia. Eran casi las 10:00 de la noche de un día cualquiera y la habían invitado a pasear con los primos o los hermanos o los amiguitos, no puedo precisar. Tampoco si la mujer que le gritaba gorda y glotona era su mamá o la mujer del padre o una tía. Lo único cierto es que a esa hora estaban sentados en el Doñaneli y le habían preguntado qué iba a comer.

Con la inocencia y el hambre propios de sus años, la pequeña pidió pizza y espagueti, y en su carita se reflejó, acto seguido, el arrepentimiento, cuando la mujer y el hombre, que no sé si era su padre, su hermano o su tío, le reprocharon su elección. “Por eso estás tan gorda, conmigo no sales más. Escoge una sola cosa”. Y ella escogió. Escogió no comer nada y adiviné el nudo en la garganta, porque en la mía sobrevino otro, un grito atragantado de impotencia por la humillación ajena.

También a mí, más de una vez, mientras crecía (y todavía ahora), alguien me fiscalizó lo que comía por ser gorda. Daba igual si era mucho o poco, si era comida chatarra o saludable, si era en “horario” o a destiempo. Las personas obesas no deberían ingerir alimentos nunca, a juzgar por el modo en que los no-gordos los miran, los recriminan, los avergüenzan.

Obviamente, la obesidad infantil es un problema de salud, porque es antesala para enfermedades como la diabetes mellitus y la hipertensión. En Cuba, el 42 por ciento de la población tiene sobrepeso y, de ese total, el 13 por ciento son niños. Queda claro que no se pueden minimizar los efectos negativos de una tendencia que, lejos de decrecer, aumenta. Pero, ¿y las secuelas del maltrato psicológico y verbal quién las cuantifica?, ¿cómo se miden?

Digamos, por ejemplo, que, en nuestro país, el suicidio es la tercera causa de muerte en el grupo etario de 10 a 19 años, con una tasa acumulada de más de 200 suicidios (o intentos) por cada 100 000 habitantes. En Ciego de Ávila, en 2016, la tasa global (todas las edades) era de 11,8 por cada 100 000.

• Consulte otras estadísticas en Caracterización de la Conducta suicida en Cuba, 2011-2014

Y aunque en el campo de las ciencias sociales uno más uno no siempre es dos — y, por tanto, no caeremos en el error de afirmar que son los niños gordos los más proclives a conductas suicidas, sin tener fundamentos científicos que lo avalen—, sí está demostrado que la burla, el bochorno y la discriminación son detonantes de la depresión y la baja autoestima, y estas, a su vez, caldo de cultivo para el suicidio.

Fíjese que no he hablado de la cuestión estética. Esa no me interesa, porque de patrones impuestos y medidas imposibles está empedrado el camino de trastornos alimenticios como la bulimia y la anorexia, que son, también, problemas de salud.

• UNICEF propone un folleto para el manejo práctico de la obesidad en la infancia. Léalo aquí

En esta historia real todo está mal. Primero, el maltrato, el escarnio público inmerecido. Hay tantas formas de explicarle a un infante por qué no consumir pizza y espagueti a la misma vez; hay tantas maneras amables, cariñosas, educativas de enseñarlos a distinguir qué alimentos son saludables y cuáles dañinos. Por eso, la rabia y la impotencia, por eso, el grito ahogado que habría puesto en su lugar a los maltratadores si no viviéramos en una sociedad que recomienda no intervenir en cuestiones de “familia”. Ojalá el nuevo Código por escribir regule con más precisión cómo tomar partido siempre que un menor sea lesionado, aunque sea en su dignidad.

Segundo, la gramática española es vastísima. Habría sido suficiente una pregunta excluyente, o sea, ¿quieres pizza o espagueti?

Tercero, las 10:00 de la noche no es hora para comer, ni siquiera para los mayores. No es hora para que los niños estén en la calle, acompañados por adultos que no tienen reparos en ingerir bebidas alcohólicas (y mucho menos solos). Pero, sobre todo, no es hora para que una niña se vaya a la cama sintiéndose disminuida, fea, triste, con ganas de llorar y el estómago vacío.