¿Dónde están nuestros hijos?

Andan en grupos de cuatro o cinco, acicalados, peinados a la moda y hablan de fútbol, de música, de travesuras y al parecer van de paseo una noche sabatina, lo cual no tendría nada de particular, si su edad no estuviera entre los 10 y 12 años y no fueran sin la compañía de ningún adulto.

Es domingo por la tarde, bajo un sol bastante fuerte para esta época del año otro puñado de adolescentes hace lo imposible por escalar lo que queda de una estrella giratoria en lo que fue un parque de diversiones en la periferia de la ciudad, sin pensar en el peligro de una caída, que pudiera ser mortal.

Un día de semana cualquiera, cuando el sol comienza a ocultarse en el horizonte varias niñas y niños de cinco a 10 años corren detrás de una pelota cuando el claxon de un carro los hace desparramarse a ambos lados de la calle.

Tales situaciones, apreciadas por esta redactora tienen como denominador común la ausencia de un padre o una madre que supervise y controle lo que hacen sus hijos. Cuba es el país más seguro del mundo, con todas las condiciones para el desarrollo de una niñez feliz, sin la sombra de armas o drogas en las escuelas, ni la más remota posibilidad de un secuestro para un posterior tráfico de órganos.

Pero ello no quita que la inocencia propia de la edad conlleve a los  pequeños a cometer acciones que pueden atentar contra su seguridad física o los lleve a adquirir hábitos como fumar o ingerir bebidas, con consecuencias negativas para su ulterior desarrollo.

El exceso de confianza de algunos padres en una sociedad protectora de la infancia puede revertirse en un lamentable accidente o en conductas contrarias al buen comportamiento que serán más difíciles de contrarrestar cuánto más tarde sean detectadas.

Tal es el caso de los patinadores, que llegan cada día con el atardecer al parque Martí de la ciudad capital, los cuales con su espíritu de competencia y en aras de mostrar las habilidades adquiridas, han provocado más de una caída a un adulto y perturban la tranquilidad del lugar donde personas mayores y niños pequeños acostumbran a caminar.

El Código de la Niñez y la Juventud aprobado por la Asamblea Nacional del Poder Popular en 1978 regula la participación de los niños y jóvenes menores de treinta años en la construcción de la nueva sociedad y establece las obligaciones de las personas, organismos e instituciones que intervienen en su educación.

En su artículo cuatro plantea tácitamente que… “La familia tiene la obligación ante la sociedad de conducir el desarrollo integral de los niños y jóvenes y estimular en el hogar el ejercicio de sus deberes y derechos”.

Y recuerda en sus disposiciones finales que “se exige responsabilidad según corresponda, ante las autoridades docentes, administrativas e incluso ante los Tribunales de Justicia, cuando la violación contraviene los preceptos establecidos en la legislación vigente”.

No está de más traer a colación estos preceptos que algunos padres parecen desconocer o ignorar para acometer en calma tareas hogareñas o disfrutar de otras actividades, mientras descuidan el proceder de sus descendientes.

El cuidado de nuestros hijos no puede recaer solo en manos de la sociedad. Velar por ellos, saber qué hacen, dónde y con quién están es una misión permanente que adquirimos desde el momento en que los traemos al mundo, mucho más si queremos formar personas de bien y verlos crecer sanos y felices.

Desconocer esa realidad puede tener un precio tan alto como la vida misma, que nadie debería pagar.