Días de claridad

Ha transcurrido más de un mes desde que, concentrada toda Cuba en el Palacio de las Convenciones, Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez asumió, de manos y en el abrazo del General de Ejército Raúl Castro Ruz, la presidencia de los Consejos de Estado y de Ministros, con Salvador Valdés Mesa como Primer Vicepresidente, en ambos casos.

No sé si a esta breve altura de tiempo habrán empezado a desmoronarse, una vez más, las aspiraciones de quienes desean alzar copas por el fatídico fin de la Revolución Cubana, aun cuando dos contundentes discursos, en voz de los mandatarios, saliente y entrante, dejaron total claridad en torno al irreversible camino del proyecto político, económico y social cubano.

Lo que sí me resulta nítido, es que lo acontecido en estas semanas, posteriores a la asunción del país por parte de la actual generación, confirma, con creces, lo dicho por ambos dirigentes.

Pronunciadas no solo para una lectura calmada y militante, como la que realizan núcleos del Partido y Comités de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas en todo el país, sino también para la mesurada consulta hogareña, familiar, de pueblo, una y otra alocuciones marcan pauta muy concreta.

Si, a ojos vista, la vida del país sigue su curso normal, es porque la nueva dirección está respondiendo a la confianza entregada por el pueblo, del único modo correspondientemente posible: “actuando, creando y trabajando sin descanso, por responder a sus demandas y necesidades, en vínculo permanente y estrecho con nuestra gente humilde, generosa y noble”, como sentenció allí Díaz-Canel.

Atenta a los acontecimientos, la prensa ha reflejado el abanico de actividades de la máxima dirección actual, en el orden funcional, en su contacto con habitantes de comunidades, en visitas a centros de interés económico, en su respuesta inmediata ante el fatídico accidente aéreo del pasado 18, e incluso, en el recibimiento e intercambio con jefes de estado y representantes de organismos internacionales, que —no por casualidad— acudieron de inmediato a Cuba, y mucho menos lo hicieron ajenos al sostenido rumbo que, en las nuevas circunstancias, mantendrá la Revolución.

Del mismo modo que los trabajadores de la nueva planta de asfalto, en Guanabacoa, o los clientes que hacían compras este 17 de mayo en el complejo gastronómico de Zapata y 12 (visitados por Díaz Canel, en recorrido de dos jornadas), el presidente boliviano Evo Morales, Nicolás Maduro, de Venezuela, António Guterrez, Secretario General de la Organización de Naciones Unidas, o los máximos dirigentes de las organizaciones mundial y panamericana de Salud (OMS OPS), saben cuan sólido es lo dicho por Raúl en su discurso del 19 de abril:

“… no pretendemos modificar el carácter irrevocable del socialismo en nuestro sistema político y social, ni el papel dirigente del Partido Comunista de Cuba, como vanguardia organizada y fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado, como establece el Artículo número 5 de la actual Constitución, y que en la próxima defenderemos que se mantenga el mismo Artículo.

“Reafirmamos hoy la convicción de que cualquier estrategia dirigida a destruir la Revolución por la vía de la confrontación o la seducción, enfrentará el más decidido rechazo del pueblo cubano y fracasará.”

Y pregunto: ¿Qué, si no eso mismo, recalcó, para que a nadie le quedara la menor duda, el nuevo Presidente cubano cuando dijo?:
“En esta Legislatura no habrá espacio para los que aspiran a una restauración capitalista…
“La Revolución cubana sigue de verde olivo, dispuesta a todos los combates. El primero, para vencer nuestras propias indisciplinas, errores e imperfecciones. Y al mismo tiempo para avanzar, ´sin prisa pero sin pausa´.