Sábado, 17 de noviembre de 2018 3:55 AM

Destrucción creadora

Al corte de la cinta que delata la inauguración de la obra, le sigue el comentario ¿malicioso?: “vamos a ver cuánto dura”. Al cabo de un año, poco permanece en el lugar inicial.

A esta “estampa realista” podríamos ponerle 1 000 nombres, trasladarle el sentido, o escribirle notas al margen, pero el argumento y los protagonistas serían idénticos: propiedad social maltratada, indisciplinas contra lo que es de todos, inversiones que se van por el caño, y calidad de vida disminuida.

Un parque con ínfulas de vertedero, un hospital maltrecho, una escuela semiderruida, chapucerías, acabados “inconclusos”, teléfonos públicos mutilados, ómnibus rayados, baños públicos a plena luz, o grafitis en paredes ajenas son, desde hace rato, pinceladas incómodas en nuestro entorno.

Lo peor sobreviene cuando se destinan cuantiosas sumas a revitalizar obras o servicios priorizados y no logran revertirse en calidad de vida para la mayoría, precisamente, porque la misma mayoría que debió ser partícipe de su construcción y cuidado optan por el facilismo de sentirse ajenos al fenómeno.

Al final, no solo se agravia a la propiedad estatal —a la postre, de todos—, sino que estas actitudes acarrean otros males como la suciedad, el vandalismo, la apatía y la dañina inconciencia que se entreteje en cada sector de la población.

A pesar de las carencias, carcome y corrompe la naturalidad y simpleza con que se asume la ausencia de lo imprescindible, no siempre por la falta de recursos o de gestiones oportunas, sino porque “alguien” decidió lucrar, quizás, con la llave de un baño público, con la ducha de la sala X del hospital Y, o con la reventa ilegal de cuanto producto se ausente de las habituales redes de comercialización.

En ocasiones, es más simple: lo que es de todos no es de nadie, tiene muchos beneficiados y pocos vigilantes; ni sentimos ni padecemos por aquello que no edificamos con trabajo y sudor; y destruir y criticar es más fácil que crear y resguardar.

El artículo 64 de la Constitución de la República de Cuba explicita el deber de cada ciudadano de preservar y proteger la propiedad pública y social, pero nuestros engranajes han sido condescendientes y permisibles, y bajo el talante de indisciplinas sociales se escudan “achaques” casi crónicos.

No ha sido suficiente explicar impactos económicos, recursos menguados, precios triplicados por el bloqueo económico, político y financiero, hablar de productividad o apelar al sentido de pertenencia para “atajar” la actual degeneración de significados comunes. El nuestro ha cedido espacio al mío, aunque, por suerte, no en abrumadora mayoría como para que los efectos sean irreversibles. Aún estamos a tiempo.

Con la inauguración de un centenar de obras de interés social y económico en el municipio de Morón, con motivo de las celebraciones por el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, detenernos y mirarnos por dentro es válido para corregir el rumbo, pues mucho se ha hablado del tema sin que las cuentas queden claras.

En cómo lograr la destrucción de nuestros peores estigmas y crear a partir de las más auténticas esencias debieran encaminarse los esfuerzos. Así, dentro de un año otro periodista no tendría que repetir las mismas líneas para denunciar idéntico fenómeno.


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