Descontrol

La única interrogante, surgida en medio del desenfreno, era ¿quién le pone coto a tanta indisciplina? La única respuesta, proveniente de la incertidumbre: ¡Nadie!

Explico. Eran las 12:25 de una madrugada de sábado. Un nuevo día nacía y el centro de la ciudad de Ciego de Ávila parecía morir consumido por el alcohol, devorado por la urgencia de algunos de demostrar “superioridad”, y regurgitado por las voces silentes de unos pocos que gritaban ¡auxilio!

Otra indisciplina.

Argumento. Las cuatro esquinas de la intersección de las calles Honorato del Castillo y Libertad, en la ¿ciudad?, soportaban los resoplidos de los caballos “atados” a los coches que ocupaban todo el espacio, cuyos conductores aplicaban una política de precios denominada, por algunos, “de asfixia” y, por otros, de oferta y demanda.

“Son 50.00 pesos hasta Ortiz. Si quiere.” Se escuchaba en aquel timbre de voz casi adolescente, el mismo que, minutos antes, le había propinado una tanda de látigo al caballo al que, quizás, por el cansancio, ya no le quedaban fuerzas y, en un idioma fácil de entender, pedía, a gritos también, la presencia de su verdadero dueño, y unas horas de descanso y alimentación. Mas, su súplica parecía no importar.

“Si vas por 40.00 pesos, nos montamos, si no, no hemos hablado nada.” Y el “¡OK!”, en un inglés demasiado chamuscado como para no parecer mandarín, confirmaba lo que los de a pie esperaban: “¡Trato hecho!” Y, con el regreso a casa, se incluía, asimismo, el escape de aquella zona “peligrosa”.

Y digo peligrosa entre comillas por puro sarcasmo. Obviamente, es Cuba un país seguro. En cambio, a la inseguridad que me refiero es a la de haber encontrado en la esquina siguiente (Honorato del Castillo y Máximo Gómez) a cinco, repito, cinco adolescentes montados en una motorina, y ni siquiera el conductor portaba el casco protector. Eso sí, como arma de autoagresión, cigarros con filtro en los labios de tres de ellos. Supongo que los otros dos hacían la cola en espera de su “cachada”.

Interrogantes. ¿Tendría Licencia de conducción aquel imberbe? ¿Sabrían los padres de los cinco muchachos que, a esa hora, arriesgaban su vida por el solo hecho de ser desafiantes? ¿Desafiantes de qué o de quién?

Por fin el coche tomó rumbo Ortiz. Atrás quedaban el parque Martí, sus agredidos bancos, las latas de cerveza y refresco por doquier; otros coches parqueados en un área del centro histórico que pedía oxígeno, ahogada por los cigarros y el alcohol en manos de adolescentes, casi infantes; el estertor de los (muchos) aparatos amplificadores de música, en su mayoría estridente, y alusiva al sexo y la especulación.

Lo que no trascendió.

Quedaba atrás el bulevar, agónico; las columnas de los portales, contaminadas con el producto primero de la cerveza: la orina, y las miradas volteadas de muchos para no ver, en público, los genitales de todo aquel que optó por hacer, de cualquier sitio, su baño privado.

• Más del tema, aquí.

Duele contarlo. Pero, era de este modo, no de otro, que la ciudad capital de la provincia recibía a un nuevo día; mientras este reportero y su familia se alejaban en aquel coche pirata que atracaba nuestro bolsillo, sin ser esto lo más preocupante. ¿Qué sucedería dos horas después? ¿Llegarían a sus destinos los cinco muchachos de la motorina? ¿Qué pasará mañana? Confío en que todo volverá a ser “normal”.