Dame lo que tú quieras

La frase me incomodó, no tanto porque el bicitaxista evadía definirle el precio a su trabajo, él, que mejor que nadie sabe cuánto vale su pedaleo, sino porque hasta hoy no sé si lo que yo quise (o pude) era lo que él merecía y esperaba.

Luego, pasé de la incomodidad a la malicia, por creerlo astuto y preferir el “dame lo que tú quieras” que, en algunos casos, supera la tarifa fijada por la rutina y el consenso de los bicitaxistas, y termina embolsillando las penas y el esfuerzo de muchos que, como yo, tienen la inflación en bancarrota.

Después, vino mi sempiterna costumbre de “filosofar” y me puse a pensar en cuántas veces los demás son conscientes del valor de lo que damos. Difícilmente aquel hombre sabría que en aquella carrera se me iba un día de trabajo o el precio de un reportaje que se cobra mi semana. Y es que lo mucho, a veces, es tan poco y viceversa, que me molesta la manera desairada en que alguien te provoca con el “dame lo que tú quieras”.

Un día le daré un peso al bicitaxista de la esquina, se lo tengo sentenciado. Él se ríe y me habla de lo dura que está la situación, de la malanga, de la carne... y si lo dejo nombra al bloqueo y hasta al cambio climático, intentando cobrarme lo que él considera justo y yo, caro. Sospecho que ambos tenemos razón, que él no me extorsiona más de lo que yo a él; definida por este salario presupuestado que en su máxima expresión nunca ha rozado los 600.00 CUP al mes. Y le pago con la “misma moneda” y entonces le cito la malanga y la carne, y el bloqueo y el cambio climático, y Gretel y su pote de helado de mes en mes. Tablas, pienso oronda, cuando él define la partida en un virulento jaque mate: “Vayaaa, dame 20.00 pesos.”

Es ahí, en el "vayaaa" que suena a ganga, a “rebaja de Hospital con niña enferma”, donde yo arqueo mis cejas hasta el cerquillo... y ni así. Resulta obvio, debo comprarme una bicicleta para que Gretel camine menos y yo aprenda a devaluar la moneda o, al menos, lo intente.

Sin embargo, le he dado tanto valor a otros pagos que ningún bicitaxista ha conseguido intimidarme más con el “dame lo que tú quieras”. Desde la Antigüedad ha sido muy relativo el canje del dinero y no será ahora que alguien venga a decirme que 10.00 CUP son nada. Que le digan eso al hombre que ayer pedía en La Elegante 1.00 CUP para completar su jabón (que vi comprar), al que debe (re)vender 10 panes para obtener la tal suma o a cualquiera de los que trabajan toda la mañana por esa cifra ínfima. A un jubilado que ni se lo insinúen. Sepan que esa gente, cuando da poco, está dando muuucho, a diferencia de quienes sueltan 30. 00 CUP sin pensarlo porque, en un minuto, de una mano pa’ la otra, multiplican sus billetes.

Por eso creo que hay mucho confuso en las calles, agradeciendo sin tasar las cuotas de sudor, sin aquilatar las gracias, la sonrisa o el “tenga un buen día”. De tan centrados en su poder adquisitivo han acabado desestimando lo que no tiene precio; precisamente por no tenerlo.

O, en la mejor de las variantes, evalúan desde sus intereses, nunca enmarcados en la billetera del otro, con precios estándares, cuyas fluctuaciones, si acaso, solo suben. Aquí el regateo, a espaldas del mercado mundial, es casi una ofensa.

Y, aunque quizás agravie menos que los padres que se acogen a la legalidad para dar 40.00 CUP a sus hijos cada mes, ya sea por exceso o por defecto, hay muchos perdidos que aún no “saben” tasar la vida y hasta se sorprenden cuando pagas, después del “dame lo que tú quieras”. Está claro, no hablamos la misma moneda.