Ciego de Ávila: vacías en el último tramo

Mientras daba más explicaciones menos entendían. El hombre se escudaba con argumentos, repetía que es una decisión “de arriba”, que se podría ganar una sanción al incumplirla, que en todo caso sería un favor, pero la gente, abajo, se hacía una sola, elemental pregunta: de lo que se trata es de garantizar el transporte del pueblo, ¿o no?

Ómnibus DianaAlejandro GarcíaLa afluencia de pasajeros supera, por mucho, las capacidades y cantidad de viajes de los ómnibus Diana en la ciudad de Ciego de ÁvilaResulta que cuando un ómnibus de la ruta 22 termina su turno en el reparto Aeropuerto, debe hacer el recorrido hacia la base vacío, aun cuando en las paradas haya usuarios a los que convendría ese tramo y la próxima guagua nadie sabe cuándo llegará. No estoy segura de que algo similar ocurra con otras rutas; si así fuera, sírvanse de ponerse este sayo.

En la práctica algunos choferes desoyen el mandato por puro sentido común y solidaridad, y otros, como el de esta historia, tratan de cumplirlo, unas veces con “éxito” y otras no. El éxito se traduce en personas que ven pasar el transporte público, vacío, sin explicaciones ni consideraciones, así sea de noche, esté lloviendo o haya un sol que raje las piedras. Valiente “éxito”, cabría decir.

Si se pega el oído a esas paradas atestadas, lo mínimo que escuchará es que quien tomó una decisión como esa no monta en guaguas. Y no tengo la certeza, pero les doy el beneficio de la duda a los dolientes. Lo cierto es que una medida de este tipo no solo genera molestias entre la población, por inconsulta e impopular, sino porque pone en tela de juicio los constantes llamados al ahorro y la eficiencia.

¿Acaso no sería más productivo —con todo y que el precio del transporte público es subsidiado— aprovechar el combustible del regreso y brindarle la oportunidad a quien estuviera de acuerdo o necesitara únicamente llegar al reparto Barbero? ¿Por qué tendrían que detenerse en la Rotonda para dejar a los pasajeros (justificación para no recoger a nadie en la actualidad), si en la Carretera a Morón, antes de llegar a la base, hay un paradero oficial?

Y ya que estamos en esto, ¿sería muy difícil consultar a las personas que se benefician del servicio o, al menos, a sus representantes en los barrios y municipios, sobre las decisiones a adoptar? ¿Por qué cuando las guaguas llegan con varios minutos de adelanto a los destinos finales de la ruta, los pasajeros deben esperar todo ese tiempo sin montar? ¿Cuándo las paradas que no disponen de caseta y bancos los tendrán? ¿Es muy costoso señalizar todos los puntos con el número de las rutas que pasan por allí?

Un ómnibus vacío por las calles es, tal vez, la mayor afrenta que se pueda infligir a la ciudadanía en materia de transporte público; todavía mayor que la espaciada frecuencia en que transitan las Diana, o los acelerones y frenazos de algunos conductores.

Y no son solo los de la Empresa Provincial de Transporte, debemos aclarar. Organismos y entidades que disponen de guaguas para transportar a sus trabajadores permiten el ir y venir —a saber si en cumplimiento de su actividad económica— y ni siquiera orientan o autorizan que se recoja personal en las paradas. Quizás falte el mecanismo burocrático, el permiso para prestar el servicio, el destino final del dinero en las alcancías, pero, también, escasea la voluntad. Aquí la solución es una de dos: se controla los viajes fantasmas de estos vehículos o se ponen a disposición de la gente. Demostradísimo está que, cuando se quiere, se puede.

Usted debe adivinar que los pasajeros que esperaban en la última parada del reparto Aeropuerto se montaron; a regañadientes, pero se montaron. Quienes estaban en la siguiente, sin embargo, vieron cómo la azuliblanca Diana seguía su camino sin una señal siquiera, al estilo, “esperen la otra”. Era domingo y se hacía de noche. La “otra” demoraría más de una hora en llegar.