Año nuevo…

Aquella noche, como todas las últimas de los últimos años, agradeció la oportunidad del recomienzo, creyendo que la vida se le dividía en dos, y que lo que había sido en 2017 no tendría por qué seguir siendo en 2018. A las 12:00 en punto, del 31 de diciembre, pensó eso: año nuevo, vida nueva. Es lo que suele hacer la gente optimista... si bien los oportunistas usan la misma teoría, al menos en palabras, para despojarse del lastre que dejan.

Pero ella, que pertenece al club del optimismo, siendo un poco oportunista también, aplicó la teoría a conveniencia porque se dijo que tres esencias debían permanecer invariables: la salud, por más que no recordara su último análisis de hemoglobina y jamás se hubiera graduado la vista; la paz, que se parece a la felicidad y tiende a confundirse; y el amor hacia lo que hiciera, fuera lo que fuera.

Creyó que con esas tres combinaciones obtendría la fórmula de la felicidad, una receta que dejó de preocuparle hace muchos años, al comprobar que las cuotas se tasaban, justamente, cuando se superaban. Entonces ya había rebasado ese error de adolescentes y conformistas que se creen al tope, sin entender que los límites de la felicidad tienden al infinito, que la del presente puede languidecer con la del luego. Y, aunque tal conclusión parecía un desmentido, aquella noche fue certeza, otra vez. De modo que en ese minuto impreciso, entre 2017 y 2018, lo más claro que tuvo fue el futuro: tenía que ser mejor.

Ni los tragos le nublaron semejante clarividencia. Tampoco las 12 uvas importadas (y regaladas) la desvirtuaron del pensamiento optimista que casi flaquea ante su autoflagelante costumbre de equiparar precios y pensar en el valor de un kilogramo de uvas y en el de la libra de bistec. La culpa —se alivió a sí misma— la había tenido un hombre la tarde anterior cuando le preguntó en la Nueva Cuba: “¿usted es la última en la cola pa’ los huevos del día 1ro.?” Y mientras le devolvía la pregunta, extrañada, comprendió que él le hacía un chiste, que se burlaba de la verdad, con otra verdad porque nuestros bolsillos no permiten bistecs dos o tres días seguidos.

Ella, no obstante, borró rápido ese pensamiento, consciente de que la prosperidad sobre la mesa, en este país, es más un asunto de tranquilidad mental, que estomacal. En ese momento (y casi siempre) le preocuparon otras cosas.

Que los burócratas ganaran en sensibilidad para entender al otro, y en valentía para oponerse a tanto papel que solo satisface a las polillas. Que la justicia no se representara con los ojos vendados. Que los incapaces se dejaran aconsejar por los capaces, sobre todo cuando las jerarquías no son proporcionales a la inteligencia. Que la gente bella no perdiera la manía de hacer el bien, por más zancadillas que les impusieran. Que los niños no reguetonearan tanta palabrota y los mayores no se rieran cuando lo hicieran. Que si un día azotara otro huracán no hubiese que llegar a Punta Alegre con la alegría de cinco pares de zapatos y la tristeza de no saber a quién dárselos; y que si viniera otro huracán fueran muchos más los desprendidos. Que el amor de un hombre hacia ella (y viceversa) le durara 50 años y fuera solo la esperanza de vida quien les impidiera más...

Deseó tantas cosas como pudo; porque a esa hora se cree en la felicidad y con el año nuevo, la vida se ve, también, un poco así.