Amores de pacotilla

Hay un cartel haciéndote creer que la oferta es especial… y si antes no sacas la cuenta, no te das cuenta de que la “alianza” de esos cuatro productos envueltos en nailon y con una tarjeta te ahorra solo 0.35 centavos, que lo especial ni siquiera está en el producto porque ya lo has visto muchas veces en el estante… Como sea, llegas impelido por la gente que se aglomera y se dispone a dosificar con el bolsillo lo que no tiene precio, pero igual se paga cada 14 de Febrero: el amor.

El peso de la tradición  te ha llevado hasta esa tienda, aunque todavía no sabes que terminarás yendo a todas y viviendo el amor con “intensidad” cada vez que escuchas cómo se traduce el salario en regalos. Acabas preocupándote hasta por el futuro de los enamorados que seguirán viviendo juntos después del 14 de Febrero y dejas de pensar en que para el tuyo aún no tienes nada… en CUC. Incluso, la experiencia te emociona al punto de querer compartirla.

“Ya él mantendrá la casa, mija, qué voy a hacer si pa’ hombre nunca hay de nada, y él tiene perfume y está casi descalzo.” No he suprimido ni una coma de la frase con que una apasionada mujer justificaba su dependencia económica y me hacía cómplice: “¿tú crees que estos salgan buenos?”. Y tan difícil como acertar en la respuesta que dieron mis hombros encogidos, hubiese sido explicarle su machismo (ahora conveniente) que dejaba a su esposo en amorosa desventaja: Viandas, huevos, carne, el pago de la corriente, teléfono, merienda de los hijos si tienen… Ni siquiera porque la libra de tomates se cotiza a 3.00 pesos ella lució “benevolente”. No, su hombre tendrá que comprar, también, un regalo. Y como muchos asumen su rol de machos, pagan caro el machismo y barato el regalo del 14.

Delante, dos mujeres lo confirmaban: “El año pasado, el mío me regaló un creyón y un blúmer, por eso no cojo lucha con eso, si total (…).” Imaginé la cara desafecta que tendría la señora encadenada de cuello, pies y manos, que justo al lado de ellas pedía un estuche Ulric de Varens y una Gillette Mach 3 con todos sus repuestos, pero no pude verla porque ella, segura de lo que quería (y podía), no tuvo que indagar en opiniones.

La cola de enamorados engendraba un mestizaje de sentimientos que a cualquier primerizo le hubiese roto el corazón o provocado un divorcio… de males. Y el más “herido” de todos, a juzgar por los rostros, parecía el de aquel hombre que nos miraba a todas, hasta que se decantó por una y cambié de opinión:

“¿Qué número de ajustador tú usas, muchacha, es que mi novia debe andar por ahí también?”, dijo con una impudicia que lo mantuvo fijo en su talla sin que, al parecer, a ella le molestara. “Por mí no se guíe que yo los uso con esponja”, le espetó ella natural, dejándolo casi en manos —y senos— de la tendera que en estos días debe haber escuchado (y vendido) mucha de la pacotilla que, a veces, termina devaluando al amor.

Por allí deben haber desfilado los que alardean de la “rebaja” que aliviará la crisis del momento. Los que “hipotecan” su amor y pagarán en marzo, abril… y mayo lo que pidieron para febrero. Los felices que compran cualquier perfumito, convencidos de que el detalle sublime no está casi nunca en lo que envuelve el papel. Los amores carísimos que se asumen en valores equivocados y se mueven con tasas de interés. Los que se fueron sin nada en las manos teniendo mucho en el pecho y ni siquiera tal certeza los reconforta. Los que compraron por obligación, quejándose de la oferta, como si el amor demandara el obsequio,  y cada 14 de Febrero una debiera exigirle la cotización al alma…

Definitivamente, algunas tenderas debieran ponerse a escribir. Quizás, algún amante “despistado” vaya y le pida la poesía que siempre ha sentido o una mujer se le pare delante implorándole la mejor carta que tenga para decirle a un hombre que lo ama por más que no pueda ni deba. No imagino el precio qué tendrían.