Amores ciegos

Manos con corazón Mi promiscuidad ha llegado a tal punto que un profesor de Matemática podría resumir que “los amores de esa mujer tienden al infinito”, y de ese modo multiplicaría por cero la posibilidad de cometer un error de cálculo que, al menos él, no podría permitirse.

Pero como las cuentas de la vida casi nunca pueden resolverse con las ciencias exactas, les anticipo que no les hablo de hombres —números que van a los ojos y de ahí al corazón, las manos y la cama; un orden que me sigue pareciendo invariable, aunque siempre haya gente dispuesta a invertirlo gustosamente y quedarse a mitad de camino, por las manos—.

Los que creen que esta es una crónica morbosa tendrán que irse a leer a otra parte, porque les hablo del amor que no anda mirando a dónde va a dar, del que se da porque sí; ya ni siquiera porque “dando se recibe”. Les escribo sobre amores ciegos que pueden verse en todas partes. Mi promiscuidad no supone riesgos ni liviandades.

Y el desenfreno empezó con los dulces que mi mamá nunca hacía sin que probara la vecina, y los puercos que mataban mis abuelos y envolvían en hojas de plátano, haciéndome llevar los 17 pedacitos a las 17 casas que hacían lo mismo, luego, cuando apuñalaban el suyo. Eran tiempos de bonanza en aquel campo donde cultivé la costumbre de pensar en los demás hasta los días de hoy.

Allá mismo, un día me extrañé de los guajiros que se trepaban en carretas de tractores y no sabían pasarse por el lado sin saludarse. “Jeeeeey”, decían, levantando las manos y un poco la quijá. Y así anduve hasta el día en que me explicaron que no había que conocerse para saludarse. Remedio santo.

Poco a poco fueron educándome en que la sensibilidad con lo ajeno nunca debía parecerme ajena y terminé “prostituyendo” el amor, exceptuando de mi laaaaarga lista a quienes solo aman lo que poseen, o a quien les da, o llevan su apellido, o les sean conocidos. Gente que ama si… y todo lo que les quepa después del condicional.

Los que frenan gomas a pepillas de sayas cortas y dejan al sol a las “feas”, a las gordas, a las cansadas y a los hombres. A algunos de los que, sin querer (o porque nadie quiera), trabajan en una morgue o un cementerio y, en medio del silencio sepulcral, no se callan las necedades.

Caben las mujeres subestimadas que se creyeron el cuento —y encima creen que conveniente— de que los hombres tienen que darles algo, o todo, y ellas depender. Aquellos jefes de discursos pre-fabricados que no lo cambiarían, y peor, que no pasarían de él. Los que le maquillan la realidad a la prensa y a los cuadros “de nivel” y se hacen eco del entusiasmo con que se ocultan los problemas para ventilarlos solo en el “escenario adecuado”.

Cualquier persona urgida de la segregación de dopaminas para enamorarse, a la que la bioquímica le daría toda la explicación, pero nunca el argumento ante su incapacidad para ponerse en el lugar del otro. Porque se pueden sentir mariposas en el estómago y salirnos revoloteando por la boca cuando alguien dice querernos y no quiere a sus semejantes. ¿?

Esos amores naturales son muy sencillos, sin embargo. Mucho más que los que se enfrentan a la vida en pareja y este 14 de febrero quieren sacar de donde no hay por culpa del aceite y del detergente que monopolizaron los ahorros, cuando aparecieron. Y un detalle es lo más simple y barato del mundo, pero hay quienes no saben de esas cosas y andan por ahí, ciegos; lamentablemente, no de amor.