Viernes, 14 de diciembre de 2018 9:31 AM

Victoria en La Reforma

La acción mambisa aseguró llegar primero que las fuerzas colonialistas a los pasos del río Jatibonico del Sur

Luego de concluir la histórica parada militar frente a las ruinas del fuerte español, ubicado en los potreros de la finca Santo Tomás, del barrio de Lázaro López, el 30 de noviembre de 1895, el Ejército Invasor tomó por el camino real que, por el centro del entonces municipio de Ciego de Ávila, conducía a Iguará para entrar en Las Villas. Cruzó por El Ocujal, El Maíz, el caserío de Río Grande hasta hacer campamento en La Reforma, muy cerca del río Grande o Majagua.

“El Ejército está alegre, y los hombres departen contentos por todas partes de la ancha faja que forma el campamento de algunos miles de hombres. Hemos pasado el día tranquilo, no obstante tener al enemigo a una legua de nuestras posiciones”, escribió Máximo Gómez.

Arsenio Martínez Campos, Capitán General de la Isla, fortalecía la persecución. El 1ro. de diciembre las fuerzas del general Rafael Ibáñez de Aldecoa y Lara, con 1 400 infantes, 250 de caballería y tres piezas de artillería, y el coronel Galvis, con 1 300 soldados, esperaban la ocasión en Arroyo Blanco para combatir a los invasores.

“Entre La Trocha y el límite de Camagüey y Las Villas, el día 2, los generales Suárez Valdés y Navarro, al frente de 3 000 hombres, y de todas las armas, buscaban un combate decisivo.”

La columna enemiga, compuesta por varios batallones, una sección de artillería y guerrillas, bajo el mando del general de división Álvaro Suárez Valdés, jefe de la Comandancia General de Las Villas, se ubicó en Trilladeritas. Tal situación permitía a la fuerza española ocupar los pasos del río Jatibonico del Sur que, con el del Norte, conformaba el límite geográfico entre las provincias de Camagüey y Las Villas.

Acampó Suárez Valdés en Los Rusos, al sur de La Reforma, a cuatro kilómetros de distancia, el propio día 1ro. Los pelotones de caballería mambisa los hostilizaron por el día y durante la noche, sin dejarlos dormir. Al amanecer de la siguiente jornada, las tropas cubanas estaban sobre las armas para prever un ataque. Gómez levantó el campamento; Maceo, que mandó la maniobra, esperaba la agresión al amanecer. A las 8:00 de la mañana apareció la fuerza de Suárez Valdés, con su acostumbrada lentitud.

Para proteger la impedimenta cubana por el camino cenagoso, el Lugarteniente General destacó las fuerzas de retaguardia, mandadas por Quintín Bandera, 200 hombres de infantería, que emboscó convenientemente, y dos escuadrones de caballería villareña, que mandaba el Comandante Betancourt, auxiliado por el Comandante Simón Reyes.

El campo donde se desarrolló la acción se encontraba situado en la finca La Reforma Seis, entre el margen este del río Grande y el arroyo Toledo, cercano adonde se unen ambas corrientes hacia el sur. En su avance, el centro de la división española fue detenido por el fuego mambí; retrocedió desordenadamente en busca de amparo en los batallones de infantería desplegados por diferentes puntos en aparatoso simulacro.

La artillería española abrió fuego sobre una colina abandonada por los cubanos. Dejándolo entretenido con el fuego de los retenes de caballería, el Titán de Bronce, convencido de que la retaguardia invasora había cruzado el río y los pantanos sin riesgos, siguió la marcha sin mayores dificultades. Como no eran sus intenciones empeñar choques formales, se retiró tras las huellas del grueso de los invasores.

“El combate de La Reforma —anotaba en sus Crónicas… José Miró Argenter— sólo nos costó siete bajas, pero el general español en los partes oficiales le dio proporciones de batalla campal, haciendo aparecer un montón de ‘muertos vistos’ del bando insurrecto”, y añadía que Suárez Valdés “se resolvió a atacar nuestro campamento en la Reforma de puro compromiso”.

Ocupó poco tiempo la columna española el campamento que, hasta ese momento, cubrían los invasores y, carente de provisiones, se refugió en el poblado fortificado de Jicotea. Bernabé Boza escribió en su Diario que Suárez Valdés retrocedió por su propio rastro y, luego, se dirigió a Sancti Spíritus, sin conseguir sus objetivos.

La acción aseguró a los cubanos llegar primero a los pasos obligados del río Jatibonico del Sur. Como colofón, los cubanos descansaron en Trilladeritas, donde había acampado horas antes el adversario. En ese asentamiento, Gómez y Maceo continuaron los pormenores de la organización militar. 


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