Tiempo muerto

Tiempo muerto en CubaArchivo Los ojos de Carlos Martí, cual cámara fotográfica, registraban cada detalle de la campiña avileña. Tomaba notas. Aquella información le sería útil para escribir el libro Films cubanos, Oriente y Occidente.La República será agrícolao no será, que editó la Sociedad General de Publicaciones, en Barcelona, España, en 1915.

Al pasar por Morón apuntó el cronista: "El monte está transformándose en cañaverales. El verde alegre y vanidoso de la caña se extiende día por día, como persiguiendo el verde oscuro y modesto de los montes." Esa era la imagen exacta, el resultado del boom azucarero, devorador de los bosques. En apenas dos décadas fueron construidos 14 centrales en el territorio que hoy ocupa la provincia de Ciego de Ávila (entonces incluía a Jatibonico). Era un salto extraordinario, nadie lo duda, hacia el progreso en una región devastada por la guerra. Quedó evidenciado con la creación de miles de empleos, el desarrollo de los servicios, en especial del comercio, el fomento de las vías de comunicación, el crecimiento urbano, entre otros beneficios. Sin embargo, la historia nunca es en blanco y negro. Es sabido que tiene sus matices. El tiempo muerto fue uno de ellos. Nos referimos al período del año donde cesaba la producción de azúcar y, como consecuencia, una cantidad considerable de los obreros de las fábricas y agrícolas quedaba sin trabajo.

El sociólogo boricua Cesar J. Ayala en su ensayo La nueva plantación antillana 1898-1934,  estudió esta situación en los predios avileños, a partir de la información recopilada por el periodista y exteniente del Ejército Libertador José Ramón Cabrera Pérez (a) El Guajiro del Aguacate en el texto Memoria explicativa e ilustrada de varios centrales del término municipal de Ciego de Ávila, provincia de Camagüey (La Habana, Montalvo, Cárdenas & Co., 1919).

La zafra se realizaba en los tres o cuatro primeros meses de cada año. Al finalizar esta etapa, afirma el académico puertorriqueño, las necesidades de mano de obra de la agricultura cañera se reducían a un tercio.

Ilustra sus conclusiones con interesantes datos. Por ejemplo, el Central Baraguá contrataba 1 500 hombres durante la zafra para las operaciones fabriles. De ellos solo 500 conservaría su puesto en tiempo muerto.

La situación en sus colonias era similar. De los 6 000 obreros que laboraban en ellas, la gran mayoría se encontraba desempleada la mitad del año. El central Santo Tomás, de propietarios cubanos, empleaba 125 hombres en la industria en el período de la zafra y 75 durante el tiempo muerto.

El coloso Stewart tuvo en su nómina 1 800 hombres para producir el dulce grano en 1918. Al concluir esa actividad apenas mantuvo a 300. Y el Jagüeyal, de la Cuba Cane Sugar Corporation, contrató 500 hombres en esa cosecha, dejó solo 250 cuando las máquinas cesaron su tarea; en tanto el Pilar requería 1 000 hombres en su batey, después apenas 110 quedaban activos.

Padres desesperados, que deambulaban por los campos, caminantes-limosneros por senderos, bateyes, fincas y líneas férreas; portales y puentes como viviendas provisionales, junto al bohío de yagua y piso de tierra, contrastaban con el comercio floreciente, los chalets en los bateyes y los confortables inmuebles en los principales poblados, pertenecientes a acaudalados hacendados, prósperos comerciantes o médicos y abogados de numerosa clientela.

Ante el abandono estatal, la mano caritativa intentaba curar las heridas sociales. Pero resultaba una curita en la llaga. La memoria documental registra aquellas cocinas económicas, fundadas en 1921, por miembros de la burguesía en la ciudad de Ciego de Ávila que facilitaron comida a muy bajo precio o gratuitamente a desempleados y menesterosos. Gesto noble y merecedor del elogio, pero la República necesitaba mucho más que acciones filantrópicas. Urgía un cambio estructural que extinguiera los males sociales.