La primera vez que lo vi

El año 1974 fue muy importante para mí. Por vez primera en mi entonces corta carrera de periodista, armado tan solo de una fuerte vocación acompañada de grandes dosis de voluntad y ansias de superarme, asistiría a un congreso, el tercero de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC).

Había sido elegido como delegado y formaría parte de la delegación integrada por colegas de diferentes medios del Gran Camagüey. Provinciano al fin, rezumaba sano orgullo por cada poro.

Forjé cientos de expectativas: conocer a hacedores de cuartillas de otros territorios, intercambiar en el plenario, ver de cerca y escuchar a altos dirigentes de la Revolución...

Les confieso que, además de estos presupuestos, estaba latente uno que primaba sobre el resto. En lo más profundo del corazón tenía —podría asegurar que todos albergábamos un sentimiento similar— la esperanza de que el Comandante en Jefe asistiera y departiera con nosotros.

El III Congreso de la UPEC se celebró en el círculo social Gerardo Abréu Fontán, y contó con la participación de 425 delegados. Sus sesiones abordaron una gama de temas importantes relacionados con la necesidad de proyectarnos “Por un periodismo militante y creador”.

El último día, un compañero muy querido por los avileños, Orlando Castellanos Molina, excelente radialista, nos llamó aparte a Enrique Nerey Lastre, también delegado por el terruño, y a mí, y nos dijo: “Prepárense para una sorpresa. No les digo más”.

Ya sentados en el plenario para la sesión de clausura, tuvimos el privilegio de contar con la presencia de Fidel, recibido con una interminable salva de aplausos del auditorio que, puesto de pie, le agradecía el momento que nos dedicaba.

El resumen estuvo a cargo del doctor Armando Hart Dávalos, quien, con admonitorias palabras, recalcaba que el análisis y la crítica era para nuestra profesión “uno de los más importantes instrumentos de trabajo”.

Pero ahí no terminó todo: recibida con beneplácito la intervención del alto dirigente, los delegados nos pusimos de pie y comenzamos a repetir una y otra vez el nombre del Líder de la Revolución cubana, quien se dirigió al estrado y nos dijo que ya las conclusiones habían sido hechas magistralmente por Hart; no obstante, nos dirigió breves palabras, en las que auguraba que la Patria, la Revolución y el periodismo tendrían un gran futuro en el que “la prensa revolucionaria sería cada vez más importante”.

Tras otra salva de aplausos, la presidencia anunció que no nos moviéramos de nuestros asientos, pues el Comandante en Jefe entregaría, a cada uno, un ejemplar de un libro que aún guardo como un preciado tesoro, titulado La Educación y la Revolución.

Al retirarse, los delegados interceptaron, en el buen sentido de la palabra, al querido dirigente, quien se dirigió hacia una parte de los jardines del círculo. Allí le hicimos un gran ruedo, y entabló un breve y ameno diálogo lejos de toda formalidad, y sí con infinito respeto y cariño.

En ese entorno y en breves minutos, anunció que se iban a asignar los primeros carros a periodistas. La alegría cundió y siempre hubo alguien que se preocupó por el precio, que si los salarios no alcanzaban y Fidel, jocosamente, le respondió que ese no sería un gran problema, pues, de seguro, algún pariente le prestaría el dinero. Luego nos dijo que le habían dicho que los periodistas éramos abstemios. Tras la risa general, la respuesta negativa. Entonces nos invitó a un brindis.

Así fue mi primera vez que vi a Fidel en persona. Luego vendrían algunas coberturas. En todas, aprendí a conocerle un poquito más, a valorar su gran estatura humana, en fin, a ser mejor en mi profesión, la más linda del mundo, y en mi vida personal.