La “camilada” mayor

Con apenas 27 años era todo un hombre y, a esa edad, cuando es tiempo de pensar en amores, de vivir la vida a la manera que se quiera, los pensamientos de Camilo volaban alto, tanto que escalaron la Sierra, el Escambray y la inmortalidad.

De contar su historia se ocuparon el tiempo, los libros, los maestros. De describirlo, una novia de la juventud con las pecas de su espalda grabadas, una por una, en los labios de mujer que las besaron. De dejar huella se encargó él.

Al hijo del sastre español lo buscaba la muerte desde hacía tiempo cuando esquivaba las balas de las armas batistianas en el lomerío santiaguero, al frente de la Columna No. Dos, Antonio Maceo, pero, al parecer, entre tanta maleza se pierden hasta los pensamientos y tuvo que dejarlo ir.

Yaguajay era decisivo, por tanto, se merecía la vida con tal de alcanzar el más grande y bello de todos sus propósitos: la Revolución. Así que el día final tendría que esperar, de todas, todas, más cuando a través de las ondas radiales se escuchaba aquel “Camilo, aquí está el Che” y a la muerte se le erizaron los pelos que no tenía, porque aquellos dos hombres juntos eran como un huracán.

Quizás, algún día la vio pasar por delante de su fusil y en vez de eliminarla e impedir el reencuentro, la dejó escapar para enfrentarse a ella en igualdad de condiciones.

En esa burla constante, el tiempo le sobró para actuar, porque era de hechos y de sentimientos nobles, tanto como para darle su lata de leche al esbirro que tenían prisionero, pues “al menos nosotros podemos darle algo”, decía.

Se definía como fidelista y su vínculo con el Comandante en Jefe fue tan fuerte que uno contaba con el otro y se confiaban las verdades de la guerra. ¡Claro! Porque Camilo era más que el sombrero que llevaba, era el pueblo.

Fue esa la razón por la que subió al avión con las siglas FAR 53 para viajar hasta Camagüey, donde el traidor Huber Matos amenazaba con echar por tierra lo logrado. Ya cumplida la misión, ella, la muerte, aprovechó para apuñalarlo por la espalda como es su costumbre.

A los 27 años, cuando comenzaba a ser consciente de quién era y de sus múltiples amores, volaron sus ideas y él por última vez. Y, quizás, en ese instante de cuenta regresiva la miró a los ojos y le dijo: “¡Conmigo perdiste!”