Sábado, 20 de julio de 2019 2:05 PM

Historia de pueblo

Todo empezó 150 años atrás, ahí escribimos el primer capítulo. Aunque el prólogo, quizás, nació mucho antes, junto con aquel criollo, salido del ajiaco cultural que es esta Isla, y el sentimiento hasta entonces desconocido que después llamaron nacionalidad.

Así tuvimos un Céspedes, que sin otro reclamo que la independencia, un buen día liberó a sus esclavos y los convidó a luchar por creer que la libertad era el bien más preciado de un hombre. Ese fue el primer grito, y, siglo y medio después, del Padre de la Patria se habla más allá de las tierras de La Demajagua.

Sin embargo, el sacrificio resultó pequeño ante causas objetivas y subjetivas que dictaron el fracaso. Pero vendría Martí a enseñarnos que se precisa mirar al pasado para no repetir errores, y de Grande, la contienda pasó a Necesaria, con un final que quedó trunco en manos ajenas. Y aprendimos tan bien de él que, justo en el centenario de su nacimiento, una generación no quiso dejarlo morir hasta ese enero triunfante donde nacía una Revolución, empeñada, hasta estos días, en que “la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

Crecía, de a poco, esa columna vertebral llamada historia que, por más interpretaciones del presente, sigue sin perder el hilo conductor. A ratos, recordándonos las esencias para no perder el rumbo, y en otros demostrando que, en ocasiones, resulta preciso ensayar otras fórmulas cuando los escenarios y las generaciones cambian. Mas siempre ahí, como libro abierto de obligada consulta y resistente al desgaste del tiempo.

Algunos la creerán aburrida, a falta de otras lecturas que rebasen el mero hecho de reproducir. Porque está demostrado que una fecha aprendida de memoria, pocas veces sobrevive a la respuesta de un examen. Porque héroe no es sinónimo de perfecto y todo hombre nace con el derecho de errar para aprender, por rara vez que se cuente así.

Porque más que el cuándo, importan los cómo y los porqués en una mirada retrospectiva que permita comprender que hablar de Patria o de nación, también es tener memoria.

Si no que lo digan quienes siguen proponiéndose escribirla tan al detalle que al leer terminas por agradecerle la profundidad. O si, en medio de un aula, la pasión del maestro mientras habla en pasado te hace suponer que estuvo allí, cuando en realidad solo le pone sentimiento para hacerla tan atractiva como lo es. O los que la han hecho su día a día, sin reparar en años, y no se cansan de sumarle importancia, pues así lo han demostrado las circunstancias.

De lo contrario, otros no se esforzarían tanto para querernos desmemoriados. Para, al mínimo descuido, intentar distorsionar lo que tan claro tenemos. Lo saben bien, las armas no valen cuando de borrar raíces se trata y las guerras han debido cambiar de apellidos.

Ya lo dijo el presidente chileno Salvador Allende en su último discurso: “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”, por eso, en este pedazo de tierra bañado de mar, seguimos escribiéndola a muchas manos sin obviar las pausas e incidentales que, de capítulo en capítulo, nos recuerdan quiénes somos, aunque ello implique, necesariamente, releer alguna que otra página.


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