Sábado, 23 de marzo de 2019 2:47 PM

Fi(d)eles

Aunque no podríamos precisar en qué momento de su vida comenzó Fidel a imantarnos, hubo un tiempo del siglo pasado en el que ya no fue posible pensar la Revolución sin su nombre adjetivándola. Y desde que la Isla en peso aprendió a vislumbrarlo en todas partes, se le volvió utopía entenderse sin él.

Entonces comenzamos a explicarnos los sucesos a través de Fidel; tanto así que cuando, el 25 de noviembre, inició su viaje definitivo a otra parte, recordamos que ese mismo día, 60 años antes, había emprendido otra ruta que, igualmente, lo llevaría a la gloria. Y cuando la Caravana escoltó el cedro con su cuerpo de cenizas hasta aquella piedra de la Sierra Maestra, invocamos el paralelo de 57 años antes, descendiendo de esa misma Sierra, viajando en otra caravana, también con el pueblo a los costados reverenciando al líder que esculpiría, con pertinaz sabiduría, el futuro de la nación; lo cual no quiere decir que siempre hayamos podido calcar sus trazos.

Pero la gente no ha parado de intentarlo, de quererlo, y, en la osadía de imitar su grandeza, nos hemos apropiado de su legado más grande: hacer Revolución, “al precio de cualquier sacrificio”.

Que a sus 90 años haya sobrevivido a adversidades reales —y, a veces, surrealistas, por inconcebibles—, sería apenas una muestra de cuánto enfrentó y venció; del mismo modo que nuestro pésame y alabanza este 25 de noviembre trastoca la sintaxis de los días normales y termina siendo, en pequeñísima medida, la porción de fidelidad y sentimiento que le prodigamos 730 días después.

Para tasar la dimensión de nuestros pasos (siguiendo el ejemplo de los suyos) hará falta, sin embargo, mucho más. Porque un legado no solo se contiene en las lágrimas, en los carteles, en los discursos y en las recordaciones: los legados son pistas que los más avezados rastrean, a pesar de los cambios y del tiempo, y aprehenden y multiplican.

Por eso, tendrán que transcurrir muchos años para que mi hija le hable a sus nietos de Fidel, así como yo le hablo a ella de Céspedes y su Patria. Tendremos que pensar, nosotros, los de ahora, que trabajar muy duro para recompensar el alma debe ser el “mientras tanto” hasta que nos recompensemos de alma y bolsillo, y que, precisamente por ello, no debemos renunciar, sino esforzarnos más.

Debemos atemperar las circunstancias de sus 90 años a las que vendrán un día, antes de juzgar y tomar, o juzgar y entender, y, en medio de sus sentencias, salvar la sencillez, la modestia, la valentía, el amor…, herencias muy hondas que tampoco habrán de palidecer en el calendario.

Debemos exigir (nos), tal como él lo hizo, por una ciencia que no está hecha para los laboratorios, sino para la vida; por un deporte para todo el pueblo que implica mirar hacia un “simple terrenito”; por una Educación y Salud que nos salven en todos los sentidos y no se asuman sempiternas, sino como el esfuerzo de muchos que aportan para subvencionarla y deben continuar por el bien de todos.

Tales conquistas despejan ya el camino de quienes mañana tienen un legado que cuidar, siendo fieles y Fideles. De los que hoy, a las claras, pretendemos un mejor país porque ya tenemos uno erigido con “genética” fidelista, y de quien, desde el anonimato, lleva dentro al líder y un día le confiesa a una joven que, mientras esculpía durante seis años la piedra que guarda sus restos, no hacía otra cosa que retribuirle la Revolución.


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