Viernes, 22 de marzo de 2019 8:25 AM

El generalísimo cuenta su infancia

Máximo Gómez Báez La papelería legada por Máximo Gómez Báez —integrada por partes de guerra, cartas, proclamas, el Diario y relatos—, es tan voluminosa que abarcaría numerosos volúmenes, si se compilaran.

Acerca de su prosa, señaló el crítico Max Henríquez Ureña: “Aunque su prosa se resiente de ocasionales descuidos y rebeldías en el orden de la sintaxis, acierta a expresarse con encantadora sencillez, y es, por momentos, elocuente, sobre todo cuando evoca, con auténtica y mal reprimida emoción, pasadas angustias y sufrimientos. Igual ocurre con su correspondencia íntima”.

Gracias a esa voluntad de dejar constancia de lo vivido, podemos hoy reconstruir sus primeros años, aquella infancia y juventud donde se forjaron las cualidades que lo convirtieron en el Napoleón de las Guerrillas, como lo calificara Juan Bosch. Muestra de lo que digo, son sus Notas autobiográficas, escritas en 1894, cuando se alistaba para volver a los campos de batalla.

En ese año todavía desconocía la fecha exacta en que nació, hecho ocurrido el 18 de noviembre.

"No puedo precisar la fecha en que nací, pues, por más que busqué personalmente la partida de bautismo en los libros de Parroquia, no pude dar con ella; eso quiere decir que, desde la cuna, empecé a resentirme del descuido de otros con que somos víctimas los hombres a nuestro paso por este planeta. Pero, por la edad precisada en la fecha de nacimiento de contemporáneos míos, y por la tradición conservada en la memoria de mis buenos padres, pude averiguar, sino más datos que esos, que nacía allá por el año 36.

“En cuanto al mes, día y hora, siempre he lamentado ignorar tan preciosos datos para mí, que señalan los primeros instantes en que aparecemos, casualmente, a ser miembros de la gran familia humana”.

Rememora allí, en Montecristi. La evocación de la etapa escolar no faltaría en el recuento. Convencido estaba que la muerte podía sellar el ímpetu del guerrero. Era ya un hombre a las puertas de la ancianidad y la fiereza con que se peleaba en Cuba, su costumbre de participar en las cargas al machete, no contribuirían a salvaguardar la vida.

Al posible lector, le narró:

“Corría allí mi infantil existencia, pura y campestre puedo decir, y allí me crié e hice hombre. Mi instrucción se limitó a la que se podía adquirir en aquel lugar y en aquellos tiempos ‘del maestro antiguo de látigo y palmeta hasta por una sonrisa infantil’. Sin embargo, conservo recuerdos amorosos y santos de mis maestros, pues nada se quiere tanto, una vez pasado el atolondramiento de la vida, cuando ya los años y los dolores han desteñido nuestros cabellos, como el recuerdo de los primeros que nos enseñaron a balbucear las letras. No se olvida jamás ese sabor a pan de almas.

“En cambio, mi educación fue brillante, bajo la dirección de unos padres tan honorables como severos y virtuosos; y lo digo con orgullo, porque si, en mi vida azarosa, algunas veces me he sentido bien armado y fuerte contra el vicio y la maldad tentadoras, a sus enseñanzas debo el triunfo, por el aprecio con que me acostumbraron a tratar la virtud y por la fuerza de voluntad, que con palabra y ejemplo, pusieron en mi entendimiento y mi corazón.”

Estas y otras confesiones permanecieron inéditas hasta 1927. Fue su hijo, Bernardo Gómez Toro, quien tuvo la iniciativa de recobrarlas. Incluidas en el libro General Máximo Gómez. Revoluciones... Cuba y hogar (La Habana, Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Cía.), hoy permiten conocer un testimonio de primera mano: la voz del guerrero que cuenta su infancia.


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