Martes, 18 de septiembre de 2018 5:17 PM

Días venezolanos en la vida de Martí

El 20 de enero de 1881 el vapor Felicia llega a La Guaira. Llevaba a bordo a un joven de frente despejada, inquieto, que fijaba cada detalle de la exuberante naturaleza. Era José Martí, el Apóstol de la Independencia de Cuba.

Su recorrido hacia Caracas resultó perdurable en la memoria. “Al tomar la diligencia, el vehículo en que se hace el viaje, quisiera uno despojarse de todos sus trajes, —tan rudo es el calor; y a mitad del trayecto buscamos los del vecino por no bastarnos con los nuestros: el frío comienza. ¡Y qué hermosa carretera! Es una pista sobre precipicios: se respira un aire bueno durante el trayecto— el sabroso aire del peligro.

No hay más que mirar hacia abajo: el vértigo se apodera de nosotros. Ahora, con una rapidez febril propia de los cuentos de hadas, y que honra a la inteligencia y a la actividad del país, se está construyendo un ferrocarril tortuoso y audaz, que taladrará cual un juguete de acero esa mole de montañas.

Será algo así como el mango de un abanico chino, sobre el cual vendrán a reunirse los diversos ferrocarriles, ya estudiados y trazados, que se extenderán como flechas agudas, desmontando a las perezosas selvas, sacudiendo a las ciudades dormidas, por todas las regiones del país”.(1)

Con la excepción del investigador Pedro Pablo Rodríguez, quienes han estudiado la presencia martiana en Venezuela señalan que viajó por motivos familiares; sin embargo, al parecer, también hubo razones políticas. Y sobre ello centramos nuestro artículo.

El Apóstol estaba presionado por su esposa Carmen Zayas-Bazán, quien junto con su pequeño hijo abandonó Nueva York en octubre de 1880 y regresó a Cuba vencida por la inestabilidad económica del hogar.

Fue en ese año cuando Martí quedó al frente del Comité Revolucionario de Nueva York, después de marchar a los campos de Cuba su jefe, el general Calixto García. La Guerra Chiquita (1879- 1880) fracasó por la falta de unidad entre los emigrados y de estos con los patriotas de la isla. Y también porque no contaron sus organizadores con la presencia de los dirigentes principales de la Guerra de 1868, entre ellos Máximo Gómez y Vicente García.

Martí pudo haber considerado que el gobierno de Guzmán Blanco colaboraría con la causa cubana, como lo había hecho en la década de 1870: “Parecía posible la reanudación de la amistad del presidente venezolano para la causa cubana; y a los ojos de los independentistas cubanos debió ser altamente deseable contar con semejante apoyo, pues para los latinoamericanos de entonces Venezuela aparentaba prosperidad en virtud de sus elevados ingresos por las exportaciones cafetaleras y por la fiebre constructiva que animaba a su mandatario, auxiliado en ello por las remesas financieras que obtenía mediante contratos con los círculos bancarios europeos”.(2)

Tampoco debemos perder de vista el hecho de que en Río Chico estuviera radicado el general Vicente García con su aguerrida tropa Cazadores de Hatuey. Martí sabía la disposición combativa del jefe cubano, y el importante papel que podía desempeñar en la organización de un nuevo movimiento insurreccional.

Su amigo, el venezolano Nicanor Bolet Peraza, quien residía en Nueva York como exiliado político y que se opuso al viaje, aporta información de primera mano sobre las motivaciones del Apóstol. En 1896 escribió “que durante aquellos ya lejanos días de la peregrinación que José Martí emprendió por los pueblos de América en pos de calor para la idea redentora que le absorbía, fuese a Caracas [...]”.(3)

El propio Maestro, en un discurso que pronunció el 21 de marzo de 1881 en el Club de Comercio de Caracas, dio más detalles: “Luché en mi patria, y fui vencido [...]. Mas en vez de tenderme a la sombra de nuestras ceibas aterradas, a llorar sobre los manes de nuestros héroes, desdeño el llanto inútil, porque la obra ha de honrarlos más que el llanto, y vengo con todo el brío de un dolor nuevo, no a azuzar en hora inoportuna pasiones simpáticas, no a sacar provecho, con femeniles clamores, de nuestras patéticas desgracias, no a pasar con ojos llorosos y melancólica apostura un dolor fácil en el seno de un pueblo benévolo; a ofrecer vengo nuestros dolores”.(4)

No debe pasarse por alto otro elemento: el círculo de amigos que tuvo en Caracas, constituido por intelectuales progresistas, algunos de ellos más de una vez demostraron su apoyo a la revolución cubana, y sus nombres aparecen entre los colaboradores de la Revista Venezolana.

Este círculo, por su influencia, relaciones sociales y políticas, podía constituir una retaguardia activa durante los preparativos y en el desarrollo de la insurrección.

El poeta Diego Jugo Ramírez, diputado por el Estado de Zulia, fue uno sus amigos íntimos. Diego participó en la gran asamblea de respaldo a la independencia de Cuba y Puerto Rico celebrada el 5 de julio de 1869, en la capital de la república.

A su inspiración debemos el poema A Cuba, escrito el 20 de septiembre de ese año. También colaboró con la publicación fundada por Martí el poeta Juan Ignacio de Armas, emigrado cubano que residió en aquel país durante seis años. Allí cultivó el periodismo en La Opinión Nacional. A solicitud suya este periódico publicó el estudio crítico martiano Poetas españoles contemporáneos.

Entre los presuntos colaboradores se hallaba el general y poeta Pedro Arismendi Brito. A principios de 1870, intentó incorporarse a las filas del Ejército Libertador. Para lograr su propósito viajó a Nueva York. En el club de la Liga Cubana radicado en esta ciudad pronunció la conferencia Cómo llega un pueblo a ser libre. El dinero que recaudó por la disertación lo donó a la causa de la independencia de la mayor de las Antillas. De su labor escribió un periodista en La Revolución. Cuba y Puerto Rico: “Arismendi no es un tribuno. Su palabra no arrastra demasiado, pero atrae invenciblemente, con su pureza literaria. Su acción, escasa y fría, añade cierto encanto a la calma con que expresa sus ideas. Salpica el discurso con frecuentes citas, las más de ellas de historia, literatura y mitología griega”.(5)

El texto de la conferencia fue publicado en varios periódicos de la emigración y de Venezuela. Su gesto no fue olvidado. Carlos Manuel de Céspedes en una misiva le expresó: “Yo sé que es usted uno de los más ardientes simpatizadores de la causa de la libertad de Cuba. Sé también que pensó en venir a prestarnos su poderosa ayuda y lamento no haya sido así, aunque respeto los motivos que a ello le obligaron”.

Heraclio de la Guardia también figuraba en la nómina de los presuntos colaboradores de la revista. Él es autor de un texto titulado Himno de Cuba:
Félix Soublette (1820-1899) fue otro de los que apoyó la publicación martiana. Natural de Islas Canarias, tenía antiguos vínculos con la

Mayor de las Antillas, pues residió durante seis años en Santiago de Cuba. Establecido en Venezuela desde 1840, dirigió la Junta de Fomento y colaboró con la prensa. En la Guerra de 1895 participó en la fundación del Centro Propagandista Cubano Martí.

Falta por investigar la influencia que ejerció el Maestro en la Generación del Centenario del Natalicio de Simón Bolívar. Es posible que muchos de estos jóvenes trabajaran a favor de la libertad de Cuba durante la Guerra de 1895. Su huella es palpable en testimonios y correspondencia de la época. Cuando se marchó del país, el periódico

El Siglo publicó el artículo Justo recuerdo: “Don José Martí ha pasado ante nuestros ojos como un meteoro brillante, dejándonos como sorprendidos por la viveza e intensidad de su luz, y lo cambiante y variable de sus maravillosos matices. Le vimos por primera vez en una de las inolvidables veladas que nos dio el Club del Comercio, y su palabra ardiente, fácil, impetuosa, en que las ideas se precipitan y se chocan como perlas, como diamantes, como acero, nos cautivó.

Después los dos últimos números de su Revista, nos le hicieron conocer como escritor, en que el donaire de la frase y la profundidad del concepto parece que se disputan el premio de la belleza. Allí hay un sentimiento que no nos permite ser imparciales, que nos obliga al agradecimiento, y es el de la admiración por nuestros hombres y nuestras cosas [...] luminosa es la huella que nos deja e inolvidable será su recuerdo para cuantos saben estimar las altas dotes que le distinguen como hombre de talento y como Hombre”. (6)

En fin, aunque no hemos hallado documentos que corroboren que Martí realizó labor a favor de la independencia en los medios gubernamentales o en otras esferas de la sociedad venezolana, lo cual resulta difícil de demostrar porque de haber ocurrido tuvo que guardar absoluta discreción, no pueden verse desvinculados de su cruzada libertadora aquellos meses de 1881. Tampoco debemos obviar que los días caraqueños influyeron en la maduración de su pensamiento revolucionario. La observación de los males sociales, provocados por la implantación del modelo liberal, heredero de deformaciones estructurales de la época colonial, también aportó ideas a su concepción de cómo debía construirse una república “con todos y para el bien de todos”».(7)

NOTAS Y REFERENCIAS:

1- Salvador Morales. Martí en Venezuela, Bolívar en Martí, Editora
Política, La Habana, 1985, p. 195.

2- Pedro Pablo Rodríguez. De las dos Américas, Centro de Estudios
Martianos, La Habana, 2002, p. 111.

3- Id., p. 113.

4-Ibíd.
5- La Revolución. Cuba y Puerto Rico, 28 de abril de 1870, p. 1.

6- Salvador Morales. Op. cit., p. 60.


7- El 28 de julio de 1881 Martí salió del país por órdenes de Guzmán Blanco, quien no le perdonó sus elogios al sabio Cecilio Acosta, opositor del régimen, fallecido recientemente.


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