Jueves, 18 de julio de 2019 3:33 AM

Agramonte: siempre en la vanguardia

Ignacio Agramonte La mano es firme a pesar de la zozobra que le quiebra el corazón, mientras deja el alma en los trazos en carta destinada al amor de su vida.

“Cuantos vienen de Cuba Libre y cuantos de ella escriben aseguran que te expones demasiado y que tu arrojo es ya desmedido.

Zambrana dice que con pesar cree ‘que no verás el fin de la revolución’. Estas palabras de Zambrana recién llegado del campo de Cuba, no sé cómo no me han hecho perder la razón.”

Amalia Simoni Argilagos presintió el peligro para su esposo idolatrado. En otro fragmento de la última carta que le escribió al amado, fechada en Mérida el 30 de abril de 1873, le pidió:

“(…) Yo te ruego, Ignacio idolatrado, por ellos, por tu madre y también por tu angustiada Amalia, que no te batas con esa desesperación que me hace creer que ya no te interesa la vida. ¿No me amas?

“Además, por interés de Cuba debes ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia de que necesita tanto. Por Cuba, Ignacio mío, por ella también te ruego que te cuides más”.

La súplica de Amalia nunca llegó a ser leída por Ignacio Agramonte y Loynaz, Mayor General del Ejército Libertador.
Aquel fatídico 11 de mayo de 1873, las altas hierbas del potrero impidieron al joven espigado que marchaba al frente de un reducido número de jinetes ver al enemigo que se acercaba. Una descarga de fusilería segó la vida del Mayor.

Jimaguayú fue el escenario en que cayó el ilustre patriota camagüeyano, uno de los grandes protagonistas de la Guerra de los Diez Años y destacado participante en la Constitución de Guáimaro.

Cuentan que desde muy joven ansió la independencia de Cuba y se preparó, quizás sin saberlo, para las batallas. Llegó a ser considerado un experto espadachín y un excelente tirador.Acudió con frecuencia a los gimnasios para ejercitar y fortalecer el cuerpo. También fue un asiduo visitante de las caballerizas hasta conseguir ser un avezado jinete. No vaciló a la hora de empuñar las armas.

Luchó con brío e ímpetu hasta merecer la admiración tanto de simpatizantes como de enemigos. Sin tener conocimientos militares, creó la caballería del Camagüey, cuya sola mención provocaba pánico entre las tropas españolas. Siempre marchó a la vanguardia de sus hombres.

Cuando Agramonte cayó físicamente, el 11 de mayo de 1873, tan solo tenía 31 años, pero ya era uno de los grandes héroes de la historia de Cuba.


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