Domingo, 19 de mayo de 2019 9:22 PM

A dos años, siempre entre nosotros

Fidel Castro Hemos perdido la posibilidad de volver a ver a Fidel, de buscarlo en los reportes de la última visita, de escucharlo y de leer de lo mucho que siempre tenía que decir, escribí hace dos años por esta fecha. Y como nos ocurre a veces, a todos, me equivoqué.

Es cierto que para los más allegados ya no está, pero en esa notable paradoja de las personalidades imperecederas, para el pueblo cubano está presente.

Me llevó un tiempo comprenderlo, vine a tener una idea clara de esta realidad cuando la pequeña Isabel, mi nieta, dijo, con la naturalidad de sus cuatro años, al ver su imagen en la televisión: “Mira a Fidel… ya él se murió, pero es mi amigo…”

Entonces caí en la cuenta de que es cierto. Uno visita el monolito que atesora sus cenizas en el cementerio patrimonial de Santa Ifigenia, más que a rendir tributo póstumo al gran líder, a encontrarse con alguien entrañable, inmenso como la historia misma de la Patria, pero cercano como un buen amigo o un padre.

Es que las huellas del quehacer de Fidel están por doquier. Por solo poner un ejemplo, una comunidad serrana, históricamente olvidada y sufrida como El Cobre, con 11 asentamientos rurales y unas minas que devoraban la vida de los pobladores, en los últimos seis años no ha registrado mortalidad infantil ni materna.

Y eso es resultado del esfuerzo de muchas personas, pero para los cubanos tiene un nombre. Y como este hay infinidad de casos que pudieran citarse, y no únicamente en Cuba.

Porque Fidel nos enseñó el valor de la amistad entre los pueblos, y a dar no lo que nos sobra, sino a compartir lo que tenemos.

Seguramente, a esto se debe que muchas personas lleguen desde lugares remotos del orbe a rendirle el homenaje que se reserva a los amigos, a esos amigos que siempre están en los momentos difíciles o buenos de la vida.

Por eso Fidel se fue, pero se quedó. Está aquí, marcando un camino hacia la dignidad plena, el humanismo y la libertad de todos los seres humanos.

Permanece en el legado de una obra que trasciende a Cuba y a este tiempo, porque el Comandante es un hombre universal.

También su llamado a la unidad, hoy tan necesaria como nunca antes, para defender la independencia que él nos enseñó a disfrutar con dignidad en su larga vida de victorioso quehacer revolucionario.

Fidel está presente en su modestia: en casi 60 años de Revolución, con innegables logros sociales, y, a pesar de su enorme proyección mundial, no hay en Cuba una calle con su nombre, ni una estatua en su honor, porque él nunca lo aceptó.

Entonces, todo queda claro. Hace dos años partió el invicto Fundador de la Revolución cubana a ganar nuevas batallas, junto a todos los hombres dignos del orbe, porque mientras haya en el mundo una persona capaz de pensar en el bien de los demás, de ser solidario, de amar sin interés, Fidel estará ahí. Nos queda, entonces, la viva convicción de serle fiel y de continuar su obra.


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