Ciego de Ávila: Caña para el central… y para el surco

Receptor de un notable arrastre (atraso), enero se torna decisivo en la provincia de Ciego de Ávila, obligada a desencadenar todas sus capacidades en la siembra de caña, a la par de las labores inherentes a una zafra que también exige la mayor consagración y eficiencia posibles.

Como reconoce el ingeniero Eduardo Larrosa Vázquez, director general de la Empresa Azucarera en el territorio, no hay otra alternativa que sembrar, entre enero y abril, alrededor de 2 500 hectáreas, superficie nunca antes lograda.

Zafra En su opinión, hay condiciones para alcanzar ese propósito, pues se dispone de maquinaria, la semilla no es problema, están los suelos, y hay experiencia entre las unidades productoras encargadas de la tarea.

Como se sabe, las disponibilidades de caña han devenido escollo durante las últimas contiendas, al faltar la gramínea cuando precisamente los centrales han estado moliendo bien y pidiéndola a gritos para cumplir, en muchos casos, sus planes productivos y, sobre todo, para aportar mayor volumen de crudo a la nación.

No por casualidad, aunque apenas han transcurrido unos días desde que echó a andar la zafra, la máxima dirección del Partido en la provincia ha estado exigiendo que se hagan bien el corte y tiro de la gramínea, para que no quede caña en el campo.

El llamado no es abstracto. Al recorrer los cuatro centrales (todos en molida) y plantaciones cañeras, Félix Duarte Ortega constató, este 31 de diciembre, cómo la ausencia de los recogedores estaba conllevando a perder cierta cantidad de la materia prima que normalmente se desborda o cae durante las operaciones de los equipos autobasculantes, diseñados para abastecer a los camiones y remolques de tiro.

zafra Y Ciego de Ávila no puede darse tal lujo. Hoy tiene unas 21 000 hectáreas vacías, ubicadas en su mayoría al norte del territorio, en áreas que tributan a los centrales Primero de Enero  (moliendo, por cierto, de manera envidiable) y Ciro Redondo, tal y como también acota Larrosa Vázquez.

Cinco años puede parecer un período de tiempo prudencial y hasta bueno para “meterle caña” a esa superficie, pero en la práctica podría no resultar tan así, sobre todo si no se obra con tiempo, para impedir la acumulación de atrasos que luego el propio tiempo no perdona.

Abre el 2019, por tanto, con la satisfacción industrial de haber aportado unas 3 000 toneladas de azúcar por encima del compromiso para la llamada “zafra chica”, pero también con un doble y a la vez estratégico reto para las unidades productoras de la gramínea: entregar a los centrales toda la caña prevista para moler, en virtud de estimados que ojalá no discrepen, finalmente, con la realidad, y sembrar la que les corresponde, de acuerdo con un plan que debe estar sustentado en las potencialidades y necesidades del sector para buscar lo que, en definitiva, requiere la economía nacional: más azúcar.