Miércoles, 26 de septiembre de 2018 6:56 AM

Trovadora sin guitarra

A los seis años comenzó a estudiar piano y, como toda artista seria, nunca faltaba a los encuentros pactados con Elba de la Torre. La excelencia de su voz, el timbre modulado, la armonía vocal inédita y la habilidad de improvisar sobre el escenario no desmentían los pronósticos de que podría cantar y tocar cualquier melodía.

Lien Piloto no descendía de grandes músicos ni su familia la instaba a ensayar hasta el cansancio, mas no hacía falta, pues tenía el empuje y la inquietud de quien disfruta con desenfado hasta los desencuentros y los regaños por desafinar o no completar las notas en el pentagrama.

Con el trovador Pavel Poveda Álvarez, entonces presidente de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Morón, inició un dúo y se adentró en esta organización. Cantó en parques, eventos, fiestas, premios en concursos de creación infantil y festivales le dieron forma a su currículo. Le inyectaron, pues, trova en la sangre.

Continuó con el piano hasta el sexto año, cuando tuvo que elegir entre la Universidad de Ciencias Médicas y su profesionalización artística. Contrario a lo que pudiera pensarse, encontró en la bata blanca otro tipo de realización, mientras continuaba con la música de un modo más informal.

Lien PilotoNohema Díaz“Quien se siente músico no logra desprenderse de ese sentimiento”, explica Lien Piloto.“Nunca he pensado en una carrera como solista, me gusta compartir el escenario con otros artistas y hacer la voz segunda, que resulta un reto inmenso, pues esta debe encajar con la melodía principal y dotarla de armonía, por lo que la afinación debe ser perfecta y el oído aguzarse para no adelantarse o atrasarse. En la mayoría de los casos, acompaño con el piano, las claves o instrumentos de percusión y cuando no sé la letra, solo con el papel interpreto. La música alimenta mi espíritu, es un modo sublime de desconectarme de la realidad.”

Compartió voces y letras con Ender Mirabal, uno de los integrantes del recordado dúo Tahití, y aprendió con él otras tantas “mañas”. Para ese entonces, estaba clara su pasión.

Después vendrían tríos, cuartetos y quintetos hasta que volvió a elegir porque las licencias culturales eran “demasiadas” y se suponía que un médico epidemiólogo no debía andar de plaza en plaza, ni ser un bohemio empedernido.

A buen tiempo, llegó a la Fundación Nicolás Guillén, emplazada en la ciudad de Morón, casi por casualidad y se unió a Lázaro Rojas en el proyecto Cuerda Rota, que los últimos sábados de cada mes resurge, no solo para descargas de buena trova, sino para explicar los orígenes y la riqueza cultural de este género. Dándole la oportunidad a quienes se inician a compartir experiencias y atreverse a mostrar sus composiciones.

Todavía recuerda cuando Omara Portuondo visitó esa ciudad y en medio del concierto pidió a que un atrevido la acompañara. Lien se arriesgó y las notas de Silencio retumbaron. Quizás porque la diva del Buena Vista Social Club es quien es, quedó paralizada cuando exhortó al público a aplaudir y la felicitó con asombro.

Surgiría así una fugaz amistad que le dio la oportunidad de visitarla en La Habana y, meses después, su representante la contactaría para la grabación de las segundas voces en un disco que estaba en producción. Otra vez la elección y la encrucijada: esperaba salir a cumplir misión internacionalista en cualquier momento y no lo haría. La vida hizo que ninguna de las dos opciones se concretara y prefiere, simplemente, no afligirse, recordarlas con cariño y continuar de frente cantándole al destino.

Si la música se acomodó (o no) a la rutina de la epidemióloga, cómo encaja su trabajo de profesora en un gimnasio, o si la ausencia de la guitarra ha traído más alegría que críticas mordaces, no lo sabremos con certeza, sin embargo, Lien ha sabido demostrar cómo la trova puede surgir desde las teclas de un piano y que las segundas voces siempre fueron buenas.


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