Sin ton, el son

No sé cuántas preparativos y aseguramientos, de todo tipo (transporte, tiempo, pago…), antecederán al traslado de un grupo musical, desde la cabecera provincial o del municipio, hacia uno de esos asentamientos rurales donde, al decir de algunos, “hasta las señales de radio pasan trabajo para llegar”.

De acuerdo con lo que me permiten la imaginación y el conocimiento, puedo inferir que no pocos trámites median para lograrlo y hacer que, de hecho, transcurra un poco más animadamente un pedazo de tarde, o de noche, o de tarde-noche, en el contexto de un verano como este que, si bien sigue exigiendo, de todos, el deber de producir, también mantiene intacto el derecho común al sano esparcimiento.

Logo del verano 2018 Hago tal comentario por lo que apreciamos el pasado sábado 4 de agosto, en el círculo social del Centro genético: pequeño poblado situado en la geografía del municipio de Primero de Enero, pero atendido, en el terreno cultural, por Baraguá.

A la usanza de quienes esperan algo, permanecen personas de todas las edades, aunque por mayoría jóvenes. Interesados en captar imágenes e información relacionada con el acontecimiento cultural que, a todas luces, ocurriría allí, quienes viajamos en el auto del periódico Invasor decidimos hacer un giro de 360 grados y…

¿A bailar?

No es esa la impresión que destila el rostro del joven a quien llamamos, sin saber que también recién llegaba al lugar.

“Dicen que, luego de tocar algunos números, el grupo musical Sonávila acaba de irse; creo que fue rumbo a Velasco (Pedro Ballester) o algo así, pero se comenta que a lo mejor viene otro; haría falta, esto está muerto”, comenta el muchacho.

Al tanto de la breve conversación, se acerca un hombre que resulta ser dirigente sindical de base allí. Su nombre, Ricardo González Fleites. “¡Falta de promoción!” —afirma con la contundencia de quien clava el hacha en la masa de un enorme tronco.

Y prosigue: “Puedo decirte que casi nadie se enteró; de lo contrario esto se hubiera llenado desde el principio. Pero además, ¿cómo explicar que no hubiera alguien encargado de abrir la venta de bebida? ¿Quién no sabe que en una actividad así y en un lugar como este siempre hay quien compra su botellita para sentirse mejor y divertirse más… sin pasarse, desde luego?

Coincidimos con Ricardo, incluso, en que, con una adecuada promoción, representantes del sector privado, vendedores de alimentos ligeros, bisuterías y hasta quienes han devenido expertos de aparatos para la diversión de niños, tal vez habrían concurrido en busca de su espacio durante esa: la primera vez que un grupo musical sacudiría al caserío en la presente etapa estival.

Para líderes naturales, de esos que echan raíz hasta en el batey más tranquilo; para delegados del Poder Popular en la base y para representantes de organizaciones de masa, no creo sea problema “contagiar” a tiempo al barrio, generar ideas y “arrastrar” al mismo público que, no pocas veces, ha dicho “aquí estoy” para faenas productivas, sociales o comunitarias.

“Falta comunicación, opina Roberto Jiménez González, subdirector provincial de Cultura. Ese es uno de los talones de Aquiles que no acaba de tener solución. Algo está fallando en las comisiones encargadas de organizar las actividades del verano y no es la primera vez que ocurre. Si nosotros avisamos con tiempo hacia los municipios, damos a conocer el programa, las giras, las actividades en plan, deben funcionar todas las vías de promoción, para que la gente se entere, participe y disfrute esas ofertas."

Lo real es que, esa tarde, por la opinión de pobladores, ni los integrantes de Sonávila se sintieron como tal vez imaginaron mientras la Diana rodaba hacia aquel “blanco” rural, ni pudieron cubrir sus justas expectativas quienes se pusieron el sombrero, sacaron del escaparate el pitusa y pensaron gastar la suela de los zapatos bailando.

… A no ser que, como parte del “fuego cruzado” cultural de este verano, otra agrupación desembarcara allí, un rato después cuando, rumbo a Ciego de Ávila, nos preguntábamos cómo es posible que se logre lo más difícil (contar con miles de pesos para pago a músicos, asegurar transporte, trasladar audio, llevar, en fin, cultura hasta un punto determinado), y que la actividad termine “sin ton y casi sin son”, por falta de algo tan elemental como el aviso, la promoción previa.