Jueves, 18 de octubre de 2018 11:53 AM

Rescatarlas o perderlas en el intento

Las parrandas de Tamarindo, en el municipio de Florencia, merecen ser consideradas una tradición y pujar por ellas para mantenerlas en el lugar que deben: al centro de nuestra idiosincrasia.

Resulta habitual que fuegos artificiales y morteros anuncien, al inicio de cada año, la llegada de estas celebraciones. Mientras que, a ambos lados de la calle principal, Mariposa y Paloma “sobrevuelan” con aires de combate y marcan territorio con semanas de antelación.

Con una historia que data de la década del '30 del siglo pasado, cuando las sociedades de instrucción y recreo Unión Club y Apóstol Martí promovían el enfrentamiento entre los barrios Escudo y Estrella, en los últimos 19 años han regresado, invariablemente, a nuestras carteleras culturales, para hacer efectivo el rescate de una tradición que parecía perdida en el tiempo, a merced de decisiones e iniciativas.

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De tirar carretas con bueyes, transformar la casa de los simpatizantes en talleres de creación, y de engalanar con pencas y flores en lugar de atrezos, estas parrandas han mutado a celebraciones pintorescas capaces de competir en singularidad con cualesquiera de sus homólogas del centro del país, y donde familiares y amigos se retan al ritmo del repique de la tumbadora.

Aunque las realidades casi siempre los sorprenden y los obligan a trabajar contra reloj, en esta oportunidad la desazón ha sido generalizada con el anuncio de un exiguo presupuesto para cubrir los gastos que suponen la construcción de las monumentales carrozas y la realización de los changüíes.

Yarelis Pita Luis, vicepresidenta de la Asamblea Municipal del Poder Popular, reunida con la Comisión de Festejos y los representantes de cada barrio, aclaró la voluntad política de garantizar los recursos necesarios para la realización de los acostumbrados carnavales, pero las gestiones fuera de los límites del municipio excedían las posibilidades y disponibilidad de la cuenta de Festejos, cuota especial que debe engrosarse durante todo el año para disponer, después, de las sumas necesarias.

Se trata de una apretada ecuación donde ingresos y gastos, estos últimos valorados entre los 80 000. 00 y 100 000. 00 pesos, tienen que permanecer en armonía para devolver ilesa la tradición sin grandes estragos monetarios.

No obstante, se prevé la presencia de orquestas nacionales de primer nivel, lujo impensable al inicio de un 2018 que heredó deudas impagables, luego del paso del huracán Irma por el territorio; pero ojo: parrandas y fiestas populares no entrañan igual significado, incluso, antes unas se efectuaban en marzo y otras en enero.

Cualquiera pudiera pensar que se resumen en fuegos y luces, sin embargo, detrás de cada monumental construcción se esconde una armazón de madera, puntillas, planchas de cartón, cableado para la electricidad, pintura, papel metálico, cartulina, purpurina, tinta de imprenta, el alquiler de audios, la elaboración de los trajes y otros muchos eslabones que, a la postre, definen (o no) el acabado y la calidad.

Entonces, se debe pensar con serenidad en un nuevo modelo de gestión económica que la convierta en un motivo rentable para poder defender, con tiempo y recursos, la creación.

Esto pudiera traducirse en no concebir proyectos sobredimensionados, examinar con antelación las ideas, aprovechar las potencialidades del terruño para evitar pagos innecesarios, apuntalar el trabajo de la Comisión de Festejos —no unas semanas antes de la celebración, sino durante todo el año—, que la Dirección de Cultura gane en autonomía y empuje en las decisiones, y, sobre todo, que la fiesta nazca del “parto” popular y no de la absoluta dependencia a un presupuesto.

Las parrandas del centro del país, digamos Remedios, Zulueta, Vueltas y Zaza del Medio, garantizan su autogestión y sobreviven con cuotas mínimas aportadas por los gobiernos locales gracias a la inventiva, al alquiler de piezas de carrozas para otros lares y la “exportación” de mano de obra, de ahí que detenernos en sus modos de hacer y readaptarlos a nuestra situación también sería una experiencia útil.

Escudriñar en esta historia que se nos escurre al norte de la provincia, aunque no rivaliza en arraigo con las añejas citas de Punta Alegre y Chambas, consideradas Patrimonio Cultural de la Nación, sí da pasos seguros en la conformación e integración de ese mosaico identitario del que formamos, es primordial.

Se necesita comprensión, constancia y sensibilidad para entender que la tradición debe cocinarse con antelación y luz larga, por eso, cuando se pretende conmemorar 20 años de su rescate, la oportunidad es propicia para reinventar y defender a ultranzas el carácter genuino y popular de estas parrandas, que no debe extinguirse por ningún tropiezo. Se vale hacer mucho con poco y apostarlo todo o perderlo en el intento.

 


Comentarios  

# barbaro martinez 16-01-2018 18:15
uff, en REALIDAD son una TRADICION para el pueblo,
ahh para los DECISORES ???
seran los mismos que han detruido la tradicion del carnaval de la FLORES ????
periodista, la palabra RESCATE en este caso no esta bien utilizada.

brmh
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