Sábado, 25 de mayo de 2019 7:47 PM

Necrópolis: reflejo de la sociedad cubana en clave de humor

El avileño amante del teatro vivió este fin de semana un momento memorable con la puesta en escena del espectáculo humorístico Necrópolis, del grupo Ruido, aunque, tal vez, no fue del todo acertado en cuanto a su estructura dramática.

Escrita y dirigida por Oscar Bringas (conocido como Yeyo, compadre), Necrópolis consigue comunicarse con el espectador de una manera inteligente y amena, mas, por otro lado, su estructura dramática adolece de fraccionar en dos innecesarios actos la puesta en sí.

Si bien la primera parte está ambientada en un cementerio, con una muy formidable realización escénica, sencilla, pero certera, y le valiera premios en distintos certámenes, la segunda parte parece puesta a la fuerza para justificar algo, quizás, la salida siempre magnífica de Marco El Pío, y del propio Oscar Bringas.

Habría de compararse con la puesta original, aquella que se presentara el año pasado en el festival Aquelarre, y obtuviera varias distinciones. Se vería entonces si las intenciones de su dramaturgo fueron bien fundamentadas. Considero que la pieza se articuló en dos partes con un fin más bien promocional.

La obra comienza con un soliloquio de una barrendera, interpretada por Mirena Turiño, en un cementerio. Es la oportunidad adecuada para reírse de algunos de los males más acuciantes de la sociedad cubana contemporánea, entre ellos las indisciplinas sociales, que vistas en el contexto de un cementerio, se vuelven un poderoso símbolo al transmitir muchísimos significados, y todos picarescos.

Es la historia de esta mujer contemporánea, en el plano terrenal. Luego, en una segunda escena, se verá contaminada por las historias de dos “muertos” que están en el “más allá” y esperan por su resurrección, asunto de lenta tramitación y que pareciera no tener solución.

Uno de los personajes es un policía (parodia de El Gordo), y el otro, un gay (parodia de El Flaco), quien lo asesinara en una enredada policial. Ambos establecen un diálogo muy inteligente, donde no solo chotean al cubano en sí, sino, también, echan mano a recursos como el doble sentido, una especie de retruécano, los símiles y otros, todos en función de elevar la calidad del texto dramatúrgico. Además de la evocación de lo mejor de nuestra dramaturgia cubana, como Virgilio Piñera, Nicolás Dorr, Abilio Estevez, entre otros.

Mirena Turiño, en el personaje de la barrendera, no solo destaca por la explotación de sus recursos corporales, buena coordinación de los movimientos, al punto de parecer que está más en una danza que en un espectáculo de humor, sino que sobresale por el manejo de un registro vocal evocador de cubanidad y diferentes ejemplares de nuestra sociedad, hombre o mujer, santero, y otros.

Tal vez, por ser santiaguera de cuna, no se sale de su personaje “palestino”, oriental, y mantiene durante los cuarenta y tantos minutos de duración del espectáculo, los recortes léxicos, el uso de la fraseología de esa parte del país, así como la gestualidad, una característica regional ejemplificada en el chancleteo, la verbalización excesiva, el manoteo.

La Turiño consigue llegarle al público avileño de una manera natural, porque su interpretación es creíble, a su personaje no le basta con ser solo el arquetipo cultural de los orientales, porque va más allá cuando se vuelve graciosa, humana, llena de matices, como la vida misma. Por ello mereció una mención especial en el pasado festival Aquelarre, en el apartado de actuación femenina.

Los otros dos actores, Eriberto y Yanior Domínguez, no desentonan en lo absoluto con la actuación de Mirena. Sus personajes, salidos de la mejor tradición del vernáculo cubano, resultan pintorescos y alcanzan a divertir a los presentes con diálogos orgánicos, buen uso de la gestualidad y movimientos escénicos, circunstancias en ascenso; y son trepidantes en cuanto a su tempo ritmo, atributos que parecen tragarse todo intento por hacer resaltar las actuaciones. Y es cuando se genera, entonces, otro momento de equilibrio, de estabilidad escénica. Si algo les falta a los demás, Mirena lo tiene de sobra.

Uno quiere seguir viéndola en su personaje de barrendera, pero no deja de sentirse atrapado por el manierismo del flaco, o la flexibilidad del gordo policía. Sus historias, entrelazadas, son lo mejor del espectáculo, tomadas de la realidad cubana y a tono con una de las principales funciones del teatro, ser un espejo de la realidad social.

Estoy convencido del agradecimiento del público avileño ante obras como estas, más cuando visitan su Teatro Principal, orgullo de la ciudad, caracterizado siempre por su apego a la buena costumbre de la puntualidad, y que, este fin de semana, se ha visto retardada en su última campanada.


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