Jueves, 20 de junio de 2019 6:02 PM

La Zona Sagrada del avileño Luis Enrique Milán

Zona Sagrada es el resultado del premio que le otorgó la IV Edición del Evento Nacional Post-it y la beca de investigación sobre artes visuales Juan Francisco Elso, de la Asociación Hermanos Saiz, al joven artista avileño Luis E. Milán Bosa. Su primera muestra personal, que se llevó a cabo en la galería capitalina Collage Habana y ahora se exhibe, aunque no en su totalidad, en el Consejo Provincial de las Artes Plásticas de su provincia natal.

Ya Milán lo apuntaba, “no es una exposición religiosa”, sino que explora un espacio mucho más profundo, al acercarse, desde una perspectiva investigativa e iconográfica, al espectro de la sacralidad, con todo el respeto que esta área puede proferir.

La colección reúne, en un discurso curatorial coherente, varios acrílicos sobre cartulinas, denominados Primera Imagen, como iniciales acercamientos visuales de lo que después serían las obras pertenecientes a la serie Tarde para no creérselo. Además, se colocaron dos obras conformadas por restos de los moldes utilizados por el artista para llegar al producto final, “una especie de juego museográfico, y, a fin de cuentas, estas piezas también forman parte del resultado expositivo”.

La exposición tuvo que adaptarse a un nuevo espacio en Ciego de Ávila, no obstante, el adecuado montaje contribuye, en gran medida, a que el cambio no atente contra el discurso narrativo. Los cubos de madera, que abogan por la no terminación, y los libros de historia, religión, arqueología, cuya selección, evidentemente, no fue aleatoria, son herramientas utilizadas como pedestales no convencionales, que funcionan de forma acertada dentro de la museografía.

Todas las piezas tridimensionales, manifestación en la que Milán confiesa que experimenta un mayor confort, aluden a la desacralización misma de las imágenes religiosas; sin embargo, el mensaje se conforma y actúa sobre el hombre.

La existencia de la fe es la zona neurálgica del discurso, y cómo distintas culturas, a través de la historia, la han depositado en un ser denominado Dios. El cristianismo, las culturas precolombinas, el budismo, la cultura afrocubana, la mitología griega, entre otros elementos, se dan cita en este espacio. Cada uno construyó su Dios a su imagen y semejanza, pero la función de estos, para los hombres, en cualquier lugar del mundo, contribuye al mantenimiento de esa fe.

No obstante, el artista no aborda el tema desde una posición pasiva, referencial o edulcorada, más bien la desmonta, a partir de la deformación o subversión de esas imágenes que identifican la religiosidad de cada cultura.

Un Cristo cuyo rostro se muestra más iluminado o fraccionado, a partir de la multiplicación y representación fragmentada de la aureola, mas los labios quedaron intactos. Quizás no podamos reconocer de esta forma su imagen perfecta, pero su palabra, la historia que el propio hombre ha escrito bajo su nombre, es la que realmente trasciende.

Un buda chino se deforma sobre el propio lóbulo de su oreja izquierda, elemento identificativo de este ícono. Parece una figura maleable, la cual pareciese que tiene la capacidad de construirse y deconstruirse al antojo del receptor.

obra de arteEn esta obra el creador respeta los cánones visuales de esta deidad, por los cuales es reconocidoUna representación de Eleguá que no muestra sus colores tradicionales, rojo y negro, punto en el que el creador subvierte la iconografía. Además de un primer acercamiento, sobre cartulina, a las cabezas colosales de la cultura olmeca que, en esta ocasión, se presentan en condición de siamesas, constituye otro juego con la historia.

Mitología antigua, religiones actuales, diversidad de culturas, construcciones históricas sobre cuyos pilares se cimenta el pensamiento actual de gran parte de la humanidad, son solo algunos de los conceptos sobre los cuales el artista propone dialogar. Siempre desde el cuestionamiento, porque, si no, el debate sería de reafirmación y no de evaluación y deconstrucción.

Zona sagrada, a pesar de mostrar diversas lecturas, incita al receptor a reflexionar sobre las temáticas desde un pensamiento celular. El espacio sacro es único, aglutinador, funciona al interior del mismo pero actúa sobre todo aquel que, aunque se ubique fuera de la línea imaginaria que concibe la exposición, no desarrolle su pensamiento desde una óptica reflexiva e historiográfica.

El artista, sin negar la funcionalidad de este pensamiento, casi tan antiguo como el hombre mismo, propone su análisis no como relatoría, sino desde la filosofía: quizás la mejor opción es intentar vernos como nihilistas consagrados y aceptar la muerte de Dios, como propusieron en sus teorías los filósofos Friedrich W. Nietzche y Martin Heidegger, y ver cómo la humanidad se proyecta, teniendo en cuenta que es la única propietaria de su propio destino.


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