Sábado, 20 de abril de 2019 6:34 AM

Hacer cultura implica sentirla

Hasta en el rincón más apartado de la provincia puede descubrírseles bajo el sol, encima de una tarima ajustando los últimos detalles o convocando, casa por casa, para que la presentación salga.

Descubren nuevos talentos, se las ingenian para transformar cualquier esquina en un escenario aceptable, improvisan sobre la marcha para suplir las carencias y, casi siempre, reciben el beneplácito del público, que toma forma en el aplauso o la palmada sobre el hombro.

Es el promotor cultural un líder natural por excelencia, capaz de convocar y mover masas, es quien diagnostica acertadamente su comunidad, quien promueve el talento y la base que amalgama, y sostiene la oferta cultural y el trabajo comunitario.

La realidad, sin embargo, plantea una lógica inversa donde, en lugar de incrementarse el número de instructores de arte y promotores, estos menguan; las comunidades permanecen en el marasmo y los públicos desconocen el qué, el cómo y el cuándo de la propuesta cultural.

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Indican las estadísticas que solo 137 promotores culturales se mantienen activos en la provincia, cuando lo ideal es que uno o más atiendan cada Consejo Popular de acuerdo a su extensión, al margen de que no todos los municipios tienen el mismo número de plazas asignadas.

Para reflexionar basta agregar, por ejemplo, que, al cierre de diciembre, el Informe de Balance de la Asamblea Provincial del Poder Popular reflejaba que el municipio cabecera tenía un déficit de nueve promotores. Dicho así, podemos imaginar que tierra adentro el panorama tampoco es alentador.

Aun cuando reza en los papeles que el trabajo no se ha detenido, Mariela Santana Cruz, subdirectora técnica del Centro Provincial de Casas de Cultura, reconoce que esta situación impone el reto de buscar alternativas para concretar la programación de las Casas de Cultura, así como las actividades de extensión propuestas por el resto de las instituciones.

Indudablemente, se erige y fortalece la cultura sobre nombres desconocidos, que no figuran en el staff de espectáculos ni al dorso de ningún cuadro, pero que por igual defienden, enaltecen y tienen el encargo social de difundir productos que formen y motiven a los diferentes segmentos de públicos.

En este afán puede valorarse al promotor como un actor pasivo que figura solo en la plantilla y acude ante el llamado de “alguien”, pero que no logra romper su estatismo ni imprimirle dinamismo a las comunidades.

Sucede que muchas veces no se satisfacen ni las expectativas más simples y las parrillas de programación de los municipios ofrecen, si acaso, actividades que no responden al concepto de verdadero consumo artístico o, en el peor de los casos, engrosan solo papeles.

En cualquier reunión se habla sobre los promotores y la necesidad de su acción, pero ha faltado una comprensión profunda y actualizada de las problemáticas inherentes a su desempeño. En otras palabras, ha sido poco el apoyo al promotor y escasas las valoraciones que los definen, también, como hacedores de cultura. Su papel va más allá de la persona que reparte papeletas o acude a los medios de comunicación para divulgar información, sino que les viene bien estimular la creación, participar y formarse en las tendencias más actuales de la crítica, pues resulta imposible pensarlos ajenos a aquello que construyen.

El triunfo o fracaso de su gestión dependerá de lo que se haga desde adentro y de la capacidad para revertir los descontentos, porque promover la cultura es sentirla, saborearla, olerla y, hasta, degustarla. No hay momentos intrascendentes ni protagonistas menores.


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