Sábado, 20 de julio de 2019 1:55 PM

Güijes, orishas y otras alegorías

cuadroVasily M. P. Agotados por el calor y las aglomeraciones de personas ante las tiendas, mi niña y yo llegamos al Centro de arte Raúl Martínez. Nos reciben güijes, madres de agua, orishas y otras figuraciones.

Es Alegoría, la exposición personal de José Antonio Ramírez que estará abierta al público avileño hasta el 22 de julio. Le rinde tributo a lo mejor del arte gráfico y, de paso, se cuela entre una de las mejores colecciones que se han develado en esta sala.

Lo primero que resalta a la vista es el monocronismo de sus 44 piezas con buen tamaño y disposición un tanto aburrida sobre las paredes. Se le percibe construida no desde el concepto, sino sobre la base de la misma necesidad de reconocimiento del propio autor. Ramírez es un pintor que demasiada gente desconoce y, me atrevo a decir, ha cometido el peor de los pecados que un artista ha de cometer, no alzar su mano para hacerse reconocido y que el mundo, así, disfrute de su talento.

Pintar es un don con el que muy pocos nacen. Recuerdo ahora mismo las laceraciones que sufría el joven Alberto Durero cuando era criticado por saber maniobrar el negro sobre blanco en los grabados y no mezclar colores en el lienzo. Y se pasó la vida demostrando que sí sabía.

No es el caso de Ramírez, aunque desconozco su biografía y su trabajo. En estas piezas, que cualquier amante del buen arte debería conocer, se unen, de un golpe, oficio y contenido. Y todo desde una exquisita factura que provoca, primero, buena impresión y, luego, deleite visual hasta en el espectador más inteligente.

Cada pieza de estas 44 se pueden leer. Son como esas conversaciones en la penumbra de las que nos hablaba Eliseo Diego. Se agradecen. Nos conducen a nuestra esencia y a poner otra vez los pies sobre la tan necesaria “tierra”.

Hay güijes por todas partes. Hay líneas y contornos bien delineados y con un trazo vigoroso, fuerte. Esto denota la “mano” que tiene Ramírez, más allá de la adultez mayor, y que le permite comunicar sosiego en sus escenas retratadas y armonía entre sus figuras.

El trazo, en una obra gráfica, es más que la expresión del dominio de una técnica. Es una promulgación del mensaje claro o difuso que se quiere dar y de que las historias están en un contexto, en el que se desarrollan o no, para el beneplácito de muchos. En estas obras se cumple a cabalidad todo esto.

También le imprimen una suerte de ritmo andariego, porque son trazos gruesos, finos, con pocas líneas rectas y muchas onduladas, curvas, todo lo que provoca un ambiente desbordado en ternura, candidez, belleza. Y algo así jamás podrá ser transgresor.

Más allá de este buen manejo de algunos recursos pictóricos, es de aplaudir la cubanidad que emerge desde la misma esencia de la obra de Ramírez, y que no solo está dado por las referencias visuales a las leyendas populares, la cultura yorubá y lo terrenal, sino, también, por el empleo de ese color marrón en cada una de las estampas.

Es un elemento que acaba siendo polisémico en sí, porque, además de permitir la no distracción del espectador para que se concentre en el contenido, brinda sensaciones en quien lo observa. Y es aquí donde la polisemia proyecta su gracia. ¿Cuántos significados no puede tener un color? Desde el científico hasta el vivencial, ese que le aporta el espectador y que siempre he entendido como el más valioso. Ahora mismo, ante estas láminas coloreadas al óleo y al acrílico, pienso en el café. Mi niña dice que le da calor y que están pintadas con tierra.

Y resulta que el tono oscuro trabajado tiende a oprimir, cerrar espacios, a detener el tiempo. Pero, a la vez, le imprime a la obra un dejo misterioso, sabio, antiguo. Tal parece que estamos ante una colección de papiros recientemente encontrados en una botija. Todo es parte de la magia creativa de este pintor que no pierde el hilo de su trama y nos obsequia la posibilidad de construir correlatos propios, y para nada ajenos a nuestra identidad cultural.

Por momentos, estos cuadros me recuerdan el arte naif. Aunque no se trata de una referencia inmediata, obligada, pero en alguna medida comprobable, estas figuraciones siguen las vicisitudes del arte de la tierra donde creencias campesinas hacen el día a día.

Hay motivos paisajísticos, elementos rurales, personajes que son propios de las habladurías entre guajiros y que son parte del imaginario popular. Hay puñales, serpientes, animales misteriosos que bufan como ovinos, manatís, palmas y lagartos, agua y tierra, nubes y, sobre todo, güijes, demasiados “güijes”, con expresiones caribeñas y picardía.

Me llama la atención, también, la presencia bastante constante de las figuraciones de Wifredo Lam, ese pintor cubano que supo unir el caribe y lo europeo en sus lienzos. No se trata de apropiaciones sino, más bien, de guiños, de acercamientos con merecido sabor a homenaje.

A mi entender, la majestuosidad de estas obras reside en su diseño interior, casi perfecto. Parecieran construidas desde un espejo donde, trazada una línea imaginaria desde el mismo centro, ambas caras son simétricas. Esto, lejos de parecer monótono, le impone a la obra una solidez y firmeza que la hace aún más atractiva. A todos nos cautiva el orden, lo simétrico.

Entonces nos puede quedar, también, la sensación de estar en una obra de teatro donde los elementos ornamentales cumplen la función de apoyar e ilustrar el discurso de los protagonistas. Donde hay una fuerte tendencia a los niveles de luces y de sombras para consolidar el ritmo y producir una satisfacción psicológica en quien asume el papel de espectador.

Por la forma en que la pequeña saltaba de un cuadro a otro, pensé que se aburría. Puse más hincapié en tratar de pensar como ella y entonces me di cuenta de que cada cuadro se parecía al otro y que esas semejanzas pudieran volverse rutina ante el ojo menos entrenado. Resulta que todos parecen estar hechos el mismo día, con el mismo tesón, la misma técnica. Eso los une, y creo que en ello también radica lo interesante de cada uno. La técnica está en función de dar un contenido que va de la mano con nuestra identidad.

Pero, sobre todo, podríamos sentirnos testigos directos de varios dramas, como la consagración del amor, la ruptura de la felicidad, la creación del universo, y muchos otros, porque eso somos en realidad.

Mi niña me dice lo que están hablando esos personajes y el por qué bufan los lagartos o “cocodrilos”, el por qué aquel hombre no pudo abrazar a la mujer, y otras cosas. Todos están hechos de la misma materia, la fantasía.

Así de grandiosa es esta “Alegoría” de José Antonio Ramírez, pintor que no debería perderse en el olvido, y que estará abierta hasta el 22 de julio en la galería del Centro de arte Raúl Martínez. Mientras, salimos de ese confort para devolvernos al mundo de las colas y el calor humanos.


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