Martes, 18 de septiembre de 2018 9:36 AM

El mejor oficio en crónica de Ciro Bianchi

En el marco de la XVII Feria del Libro, Invasor dialogó con el periodista, escritor e investigador Ciro Bianchi

Con la habilidad para no repetirse en temas y autores, con el desenfado de un excelente interlocutor, Ciro Bianchi, ha sido un hombre valiente que ha dicho y ha hecho, de acuerdo a su temperamento y sus modos.

A los 11 años de edad comenzó a guardar recortes de periódicos y revistas hasta conformar una biblioteca organizada por fichas, temas y carpetas. En su adolescencia conoció a Alejo Carpentier, cuando le pidió la firma de un libro y a los 24 ya era una certeza su consagración al periodismo.

Cerca de las 10:00 de la mañana comienza a crear y, escribe todos los días posibles. Quizás no logre una cuartilla, pero valora cada jornada por la cantidad de problemas resueltos, aunque sean cuestiones cotidianas y no hojas entintadas.

Define a la crónica como opinión e información fundidas en una sola expresión. Las prefiere históricas y costumbristas por el “pretexto” de que la historia de la República ha sido maltratada y contada solo en negro, pues todos han sido tildados de ladrones y malversadores, excluyendo las valoraciones atinadas de que cada quien actuó en dependencia del momento vivido.

Para explicarse mejor alude a una faceta inédita de José Miguel Gómez, un patriota de las tres guerras de independencia y presidente de Cuba entre los años 1909 y 1913, que creó escuelas de agricultura en todas las provincias y centros de enseñanza especial, y la omisión de José Francisco Martí como uno de los que más reprimió el alzamiento de los Independientes de Color en la región oriental.

Las historias salen de su biblioteca privada, esa que se construyó a intervalos entre el niño de 11 años y el irremediable periodista, y de escuchar a la gente hasta exprimirle el último detalle, ese que después recrea con habilidad cinematográfica en sus líneas.

Recalca la riqueza narrativa y descriptiva de la prensa de antaño porque bajo el titular Llega Churchill se relataba desde la salida del Hotel Nacional hasta el recibimiento hecho por el presidente, incluso, cómo se sentaron y qué comieron.

Por eso, durante la Cumbre Iberoamericana celebrada en Cuba en el año 1999 cuando terminaron de comer, las primeras damas en el Café del Oriente y el resto con Fidel Castro en el Club Habana, Ciro se llevó la carta con la convicción de que algún día sería historia.

En la década del ‘70 del siglo pasado, con 24 años, fue expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por ser amigo de José Lezama Lima y considerado un antisocial. Lo ubicaron a trabajar en la revista Cuba Internacional, donde estuvo siete años sin cobrar por no poder adjudicársele un salario. Hoy revela la imposibilidad de haber ganado por nocaut la pelea, sin embargo, por puntos la victoria resultó suya. Allí aprendió mucho, sobre todo, lo que no debía hacer.

Inició una serie de entrevistas a escritores de Cuba y Latinoamérica, confiado en que el fin último del Periodismo es un libro. Así logró retratar a toda una generación.

Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Ángel Augier, Loló de la Torriente, Cintio Vitier, Samuel Feijóo, Julio Cortázar, Otero Silva, Oswaldo Guayasamín y Mario Benedetti se inscriben en esa larga lista de autores que se cuentan a sí mismos.

Con Cortázar conversó en el bar del hotel Riviera, sin decirle que era una entrevista, sin papel o grabadora. La charla duró horas y la transcripción, de 26 páginas, fue fiel. También recuerda los 20 minutos que Guayasamín le dedicara, estirados gracias a la provocación de decirle que la revista La Fortuna aludía a los sirvientes de su casa como indios tratados como esclavos o los tragos pagados, por obligación, a Carpentier después de terminada la charla.

A veces se pregunta quién escribirá la crónica del futuro, consciente de lo que adolece la prensa cubana. Cuando le entregaron el Premio Nacional de Periodismo José Martí, dijo, sin reservas, que aspiraba a las opiniones de la ciudanía, a la colaboración de los intelectuales y a la generación de debates porque la prensa parece parca, laudatoria, hecha para encubrir y no para denunciar y, aun cuando existen muy buenos periodistas, se hace mal periodismo.

También cree en el derecho a equivocarse y alude la anécdota con un General que le dijo: “no es por usted, pero desearía me enviara la entrevista para revisarla”. La respuesta no se hizo esperar: “Si la quiere, sé que el director se la hará llegar, yo no. Usted no se ha equivocado, si me pasa a mí muélame”. La petición jamás llegó.

Aconseja volverse imprescindibles en las redacciones y defender la verdad de uno, pues el derecho de decir es necesario ganárselo. A él nadie le ha dado autorización, lo ha hecho y punto.

Ciro piensa que uno está para contar la historia, aunque se engavete y vea la luz años después, y que cualquier trabajo es importante. Desconfía de los elogios por no ser todos sinceros y reconoce no saber si el periodismo es el mejor oficio del mundo, pero no importa, porque es el suyo y lo defiende.


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