Jueves, 18 de octubre de 2018 7:26 AM

El bretero de la Isla de Turiguanó (+Video)

Aunque la mutilación tendría más de una década, no fue hasta 1983 que a Juan Carlos Gutiérrez Cárdenas le dolería, en lo más hondo, su dedo trunco. Ni siquiera cuando intentó salvar aquella lagartija del machetazo que lo condenó a vivir con la mitad de su anular tuvo conciencia del incidente, porque entonces no sabía que quería ser músico y que no podría vivir sin serlo. Fue ahí, en 1983, cuando le dijeron que no, que no con ese dedo así, y casi le mutilaron sus sueños. Tenía 16 años.

int moron carnavalitoNohema DíazJunto a los edificios que se levantan en Turiguanó, también crece el proyecto cultural de Juan CarlosA esa edad tampoco sabía que sería cocinero o chef del Tryp Cayo Coco, al norte de Ciego de Ávila, que lograría adivinar el punto exacto de la sal que pone en sus platillos y que no perdería esa pizca de “azúcar” que lleva todo músico dentro. Que las combinaría exquisitamente y terminaría siendo el hombre que pudo, y el que quiso ser.

Ya con 50 años se jacta de las dos décadas que lleva sazonando la cocina del Tryp y, si bien la altanería no le alcanza para creer que los 500 estudiantes canadienses que hace poco, y de un tirón, se hospedaron allí, vinieron por su cocina, lleva en su paladar el gusto por cada éxito del hotel. Los cree suyos también, ¿y quién le dice que no?

Sin embargo, el sabor a su vida se lo ha dado su conga y su familia, que en este caso significan lo mismo, porque su mujer, sus dos hijas y una sobrina integran el proyecto que él dirige y que en media hora transfigura la Isla de Turiguanó, dejándole solo el salitre de siempre, que mago no es.

Invasor lo vio, puso a mover a toda la chiquillada del barrio: los más patones hacían de faroleros, los más pequeños iban delante, perfectamente maquillados y vestidos, estaba el pito para el cambio de pasos, las muchachas de contornos y "artistaje", los tambores del ritmo, la danza ensayada...

Espectáculo para ver.

Los constructores que a esa hora hacían mezcla se detuvieron y nunca antes estuvieron tan justificados —digo yo—, los balcones de la Isla se llenaron de cabezas y hubo quien no se aguantó las ganas y bajó a arrollar.

Aquello fue la apoteosis del barrio a media mañana de un sábado de verano, en el que se suponía hubiese poco en qué entretenerse, como no fuera playa Félix, una opción que a los isleños de Turiguanó les sabe más salada de lo que está, por rutinaria.

Juan Carlos cambió esa modorra y sus hijas le siguieron los pasos, a tal punto que una se convirtió en instructora de arte y narra orgullosa la historia de la niña que "ni sabía que cantaba, la entrené y hoy estudia canto coral en La Habana", o de los pequeños que han pasado por sus manos y hoy estudian en las Escuelas de Arte de Villa Clara o Camagüey...; la otra, aparentemente, se decantó por la informática, pero ya coquetea con la animación y toma clases. Ambas se contonean en la conga que su madre dirige en coreografía y su padre en música.

En la comparsa parecen una familia bien orquestada, algo que Melba, su esposa, se atreve a asegurar puertas adentro, pues "en casa sucede igual, cocinamos los dos, aunque él cocina mejor".

Al final, todo podría "justificar" su estatus actual: presidente del Consejo Popular de Turiguanó. Un cargo que se agenciaría, no dudo, por ser buen padre y esposo, por habitar desde hace 20 años el primer edificio y nadie como él para “sabérselas todas”, y hasta por ese carisma que provoca en sus vecinos el cubanísimo apelativo de bretero. Así me lo han presentado al llegar a Turiguanó; alguien, no sé quién, le ha nombrado “el bretero de la Isla”. Escuchando su proyecto cultural uno entiende, luego, que a Juan Carlos no le han dicho chismoso, sino que lo han elogiado por levantar con sus manos una Isla en peso. Y eso, con medio dedo menos, un detalle insignificante si no hubiese querido ser lo que hoy es.


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