Lunes, 17 de junio de 2019 6:47 AM

El amor, un pueblo, el teatro…

Me resisto a encasillar el teatro en “para niños”, “para jóvenes”, “para adultos”. Una buena puesta siempre tiene que decir a todos, siempre tiene un mensaje; aunque parezca ingenuo porque esté dicho de la forma más sencilla, no por eso deja de ser importante.

Eso pasa cuando la sutil belleza (muy repetido el adjetivo, pero aquí encaja perfectamente) une al trovador, las dos actrices y los títeres que cobran vida, para la puesta de Relato de un pueblo roto, obra del Guiñol Pequeño Príncipe que te “hace el día” en un poco más de media hora.

Las palabras del programa de presentación dejan poco más que decir de la lectura que cualquier espectador, sin importar la edad, puede hacer: “El abandono de un pueblo, su pobreza material que lleva a la desesperanza y separación del lugar donde se nace, la soledad y el sacrificio del ser más querido, ceñido en una atmósfera donde el amor toma ribetes de diferentes colores. Una historia donde los valores de identidad, de sentido de pertenencia por lo que se tiene, aunque sea poco, se enfrentan a la codicia y las ansias de escapar de esa realidad.”

Hombre y mujer en puesta en escena

La migración; el decidir entre el amor a la pareja o a lo que nos rodea, a la familia que nos queda; crecer, por fuera y, sobre todo, por dentro. De esto y de todo lo que cada cual, desde su contexto, desde su experiencia, le añada, nos cuenta este relato.

Títeres al Centro, como ya es habitual, reúne el quehacer en Cuba, y fuera de ella, en el arte de las tablas para que, quienes escapan a los descalabros de la promoción, sientan que, por estos días, Ciego de Ávila se convierte en un espacio de convergencia feliz para los artistas y sus muñecos.


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