Sábado, 22 de septiembre de 2018 1:20 AM

Distinguir el tesón

Se percibe desde la fachada de la casa, intacta en su puntal alto y su marquetería colonial, que su dueño ha hecho de todo para mantener su “fisonomía” original. Adentro todo permanece impecable, salvo alguna imitación que adultera con postmodernidad el ambiente para atestiguar épocas diferentes.

Así se devela una de las cualidades que más dolores de cabeza y satisfacciones le han dado a Enrique Armando Figueiras Ulloa: su pasión por conservar la historia y hacerla imperecedera, a pesar de estrecheces económicas, vaivenes, y opciones más suculentas, si de remuneración económica se trata.

Enrique FigueirasAilén Castilla Quizás por eso, cuando el Museo Municipal de Florencia ha montado exposiciones itinerantes no ha disimulado su desasosiego para armar y desarmar salas, por las goteras de antaño que amenazan el patrimonio, o su incomodidad cuando le espetan: “a ti te pagan por cuidar estas cosas viejas.”

Dedicado a la museografía desde el año 1982, ha visto desfilar generación tras generación, y ha reinventado una y otra vez sus mañas para mantener la lozanía de objetos de valores excepcionales, aun cuando ni termómetros para medir la humedad, máquinas de fumigación, catálogos digitalizados o procedimientos que demandan una mínima intervención, aligeran este empeño. Por suerte, acota que el alcohol de 90 grados no falta.

Entre un día y otro no hay grandes diferencias en el Museo. Llegar, ventilar el local, inspeccionar cada vitrina, practicar alguna acción de conservación si es necesaria, y esperar, pacientemente, por algún interesado en (re)visitar los exponentes allí atesorados. Un poco de dinamismo se le imprime a las jornadas cuando se logran visitas dirigidas en coordinación con los centros educacionales.

De la investigación, la protección y la conservación, prefiere esta última por ser la única que le permite obrar con sus manos una revitalización integral.

Entonces, confiesa otra de sus debilidades: nadie puede tocar una pieza sin su presencia, no por egoísmo, sino porque la capacitación del personal de trabajo ha sido una de sus más grandes batallas; lograda a medias porque los ve irse por donde mismo vinieron cuando surge un mejor salario —lo cual es bastante común porque apenas se rebasan los 400.00 pesos— y frunce el ceño al predecir un futuro incierto para esta profesión, sin aparente relevo.

Se confiesa empecinado en hacerlo todo bien o, al menos, lo mejor que pueda, para cumplir con lo que su madre le inculcara de pequeño.

De las 4 105 piezas que componen el acervo de este Museo, Enrique domina cada entresijo, conoce como pocos los vestigios arquitectónicos del territorio, el lugar exacto de cada hecho histórico, las tradiciones, los orígenes fundacionales, la ubicación de cada monumento y hasta la existencia de un periódico denominado El Caribe por aquellos lares.

Sabe que el suyo no será el mejor oficio del mundo, mucho menos el más remunerado o comprendido, sin embargo, es el suyo y con eso le basta.

Avalan su hoja de vida el Premio Ornofay y la distinción Joya de la Cultura Avileña; a los que se suma el Premio por la Obra de la toda la Vida, entregado recientemente por el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, y como todavía los tragos agridulces de la vida no han podido extirparle su buen humor, se pregunta si tantos reconocimientos al cabo de 36 años serán el augurio de una muerte, a juzgar por sus energías, todavía prematura.


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