Lunes, 17 de junio de 2019 6:46 AM

De frente: Rafael de Águila

Cuando llegó a la Feria del Libro en Ciego de Ávila, ya Rafael de Águila había alcanzado el Premio Iberoamericano de cuento Julio Cortázar, el Alejo Carpentier y el Casa de las Américas..., codicias de cualquier escritor cubano, de cualquier edad.

Rafael de ÁguilaNohema Díaz Para ser totalmente honesta, les cuento lo que le dije al final: “no puedo entrevistarte porque no te he leído, y a un escritor como tú (a esa hora el usted ya era tú) no se le pregunta cualquier cosa”. Entonces, sonrió, me dijo chica sincera y me dio su email para que lo entrevistara por correo − algo que no pienso hacer de ninguna manera, así no, así tampoco− y me autografió su último libro, Todas las patas en el aire: “… no importa dónde estén las patas, lo importante es dónde está el corazón”, escribió.

Ese fue el final, pero el inicio fue así:

— ¿Te gusta ese libro?, preguntó el hombre que segundos antes le había preguntado si la silla del lado estaba vacía. Y lo estaba, pero quien lee a prisa, de soslayo, queriendo tener al menos una vaga idea de quién se sentaría al frente para dialogar sobre su obra, no tiene tiempo de andar mirando intrusos que interrumpen la lectura; de modo que la primera pregunta la respondió con la cabeza y la segunda con la mano. Más o menos, le hizo con la izquierda.

— Es que en ese libro, creo, no había alcanzado mi estilo todavía.

Ah, porque…y lo miró en detalle, buscando urgente la tapa del libro donde estaba su foto. Ay, si hubiera empezado por la tapa, si hubiera mirado antes de responder… Ahí sí tuvo que dejar de leer, y sonreír con susto, y justificarse diciendo que leía por arribita, y que saltaba de un libro a otro y que cubría la Feria, de casualidad, o, de lo contrario, se hubiera leído algo…

— Tranquila, muchacha, yo soy el escritor, Rafel de Águila, nada más.

— Y yo soy la periodista que leía corriendo, queriendo saber algo para poder entrevistarlo. ¿Ah sí?, se sorprendió él, y, aparentemente, quedamos a mano.

Lo que siguió a continuación fue una conversación informal, de dos, sin la seriedad o la contundencia que un laureado escritor podría ponerle a la agenda de una periodista que se apropió, además, de los diálogos con amigos en común, a falta de preguntas de antemano.

Fácil de anticipar. Rafael de Águila es un hombre enamorado. Llegó a la Literatura, casi por despecho podría decirse, y aún no se recupera. Escribe por amor, más que por hábito, aunque él asegure, categórico, que “no hay absolutamente nada romántico en ser escritor” y se siente en su computadora por horas y horas y hasta que no le ponga punto final al cuento, no se levanta.

“Luego viene un proceso de perfección que puede durar meses, pero la historia, en esencia, queda escrita”, confesaría al auditorio avileño. De lo escrito surgen títulos como Último viaje con Adriana (1997), Ellos orinan de pie (2006), Del otro lado (2010), Ventana tapiada con un hueco (2017) y el reciente, Todas las patas en el aire (2018), por lo que los largos períodos sin publicar podrían desmentirlo, al tiempo que le adjudican que le hace honor a su apellido, siendo un águila en caza para los premios. Lo cierto es que, más allá de todo supuesto, Rafael fue hasta el otro día un trabajador en la Aduana de la República de Cuba, un hombre que escribía cuando podía y no cuando quería.

Ya se consagró a la Literatura, a contrapelo de reconocer que ganaría mucho menos que un salsero, imbuido, quizás, por la tozudez de su padre militar que se enfiló en Girón, a pesar de los años. Un viejo que le enseñó el inglés, la curiosidad y la bondad. De ahí que se presentara en el espacio de diálogo de la Asociación Hermanos Saíz, diciendo algo que ya Kapuscinski había dicho antes, pero del periodista. “No se puede ser buen escritor si primero no se es buena persona”.

Solo si se escucha su frase anterior, no se malinterpreta su sentencia: “los premios no significan nada, el premio es extra-literario, la verdadera obra es la literaria y el juez, el tiempo. El jurado puede haber fallado, en ambas acepciones de la palabra.” Y es que su sencillez está muy por encima de su petulancia (si la tiene). Eso sí, cree que el éxito de una obra está en la “fuerza”, un 70 por ciento estilo y un 30 por ciento historia. El tema no le interesa tanto, menos tema y más fuerza.

Y para lograrlo, dice, tuvo que estudiar, leer mucho, hasta apropiarse de las maneras de contar y evadir, luego, los lugares comunes y las modas. Porque Rafael no ha escrito ni de balseros ni jineteras…y, sin embargo, sus obras desbordan “moderna” cubanía. Al menos tres elementos adivinaría el lector en los 10 cuentos que integran Todas las patas en el aire (que leí de un tirón, mucho antes de que llegara a La Habana): Cuba, el sexo y la mujer.

Aunque, a veces, alguno luzca solapado en medio de relatos tan acelerados en su ritmo narrativo que duele llegar al final y, al mismo tiempo, se le implora al autor, hacerlo.

Los tres elementos que considera imprescindibles para nutrir su obra (sensibilidad, observación y experiencia) parecen asidos a su teclado, de por vida, y supongo que reaparezcan en su próxima entrega. Pero como tampoco le pregunté sobre qué escribía, no hay atisbos de futuro; solo sus palabras casi exergos, previas a leer un fragmento del cuento Pequeña tierra sin Dios, ante el público avileño.

“Lo fundamental a la hora de escribir es hacerlo muy alejado de las modas, de espalda a los lectores, a los amigos, a la vida, a la corrección política…, de espaldas a todo. Solamente, de frente a ti. Y eso basta. Y si esa longitud de onda tuya coincide con los lectores o con tu tiempo, pues muy bien. Pero si no es así, solo le pediría disculpas al lector”.

Hasta ahora, no ha tenido que hacerlo.


Comentarios  

# Yuliet Teresa VP 18-03-2019 15:08
Yo creo que es unos de los mejores escritores del siglo XXI en Cuba, y sin ser absoluta con ese de "mejor escritor", solo hay que leer, y de seguro como Katia, de un tirón se irán las letras. La historia. El orgasmo literario al recorrer sus páginas. Me bebí, si así se puede decir, sus cuentos. Me quedaron más patas en el aire que nunca, pero con un sabor cubano indecifrable.
Yo presiento que en sus historias hay una pila de historias, una gran historia que nos cuenta, bueno, que él cuenta...con un desenfado voraz. Vamos! que Rafael de Águila es un "salvaje", como dice mi vecino cuando algo le parece grandilocuente. Uno de esos escritores que si conoces pues pone punto final a modas y maniqueísmos absurdos.
Cuando algo que leo me resulta genial, pues luego comparto hasta la saciedad. Ya me escucharán hablar de Águila como loca empedernida... gracias por esta reseña-entrevitsa-experiencia de la pena....
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