Martes, 23 de octubre de 2018 7:45 AM

Cambio sin escogidos

Son pocos los asuntos que en el mundo de hoy superan en interés al del cambio climático, recurrente por el hecho, incluso, de haber pasado a formar parte de ese escenario, identificado por Fidel, como aquel en el que se libra la batalla de ideas.

En una de las caras de la moneda se aglutina la inmensa mayoría, formada por científicos y políticos que llaman a disparar las alarmas respecto a un uso más razonable de los recursos naturales; de lo contrario, la Tierra estaría en cuenta regresiva como hábitat de un número de habitantes cada vez más creciente.

Del otro lado, se agrupan, en franca desventaja, expertos y políticos que defienden un criterio diametralmente opuesto.

Desde la visión de muchos, incluida la población informada, se sigue con preocupación creciente una serie de signos que experimenta la Tierra, con probado origen en la actividad industrial, agrícola y en los grandes conglomerados humanos porque multiplican las emisiones a la atmósfera de gases con efecto invernadero, en lo fundamental de dióxido de carbono, tendencia que, de no atenuarse y enmendar a tiempo, irá convirtiendo en invivible (con temperaturas insoportables) ese entorno de la superficie terrestre llamado biosfera.

Así se explica el elevado interés por todo cuanto acontezca en relación con el convenio marco internacional de mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2,0 grados Celsius, con respecto a los niveles preindustriales.

Subrayemos que la política de Cuba, y el punto de vista argumentado por nuestros hombres y mujeres de ciencia, sostienen la necesidad de preservar lo que todavía queda en la Naturaleza, y que resulta imperativo trabajar a toda velocidad, entre otras direcciones, en el fomento de nuevos bosques y la aplicación de fuentes de energía más limpias para impedir que la atmósfera se siga contaminando.

Lo más avanzado en cuanto al enfrentamiento integral a tan serio peligro lo asume la Isla mediante un legado fidelista convertido en Plan de Estado, conocido como Tarea Vida, y que contempla acciones a ejecutar desde ahora y a largo plazo. Tareas que tan a flor de piel tenemos los avileños, como la de salvaguardar el manto freático de la invasión salina provocada por el incremento del nivel medio de la superficie del mar, o la de, en lo posible, ir retirando hacia lugares más altos las viviendas de los poblados costeros bajos.

En oposición, un reducido número de científicos sustenta el criterio de que los cambios en la temperatura media global ocurren como consecuencia de ciclos específicos de la Naturaleza; incluso, que la evolución de los seres vivos y la aparición de la especie humana —se estima en unos cinco a siete millones de años— solo fue posible después de que cediera un período glacial.

En tal perspectiva han venido a escudarse quienes tratan de preservar modos de vida basados en el excesivo consumo de bienes y servicios, sin importarles que otros muchos viven con poco o casi nada ni que la Naturaleza se va resintiendo cada vez más.

Aunque parezca lo que es: una locura, de tan débil tesis se prendió el presidente estadounidense Donald Trump para, en fecha reciente, retirar a Estados Unidos de los Acuerdos de París sobre Cambio Climático, lo que sostenido de algo sin consistencia implica en sí otros tantos intereses no tan abiertamente revelados.

Una especie se halla en peligro de extinción: la humana, reflexionó Fidel en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992, y en el mundo todavía resuenan los ecos de aquella cita llamando a pensar que las lluvias ácidas, los huracanes cada vez más destructivos o los 40 o 45 grados Celsius de algunos sitios, nos van afectando a todos y no a seres escogidos.


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