Jueves, 24 de mayo de 2018 11:00 PM

Hay llamas que no se apagan (+Video)

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Al Día de las Víctimas del Terrorismo de Estado le “sobra” la fecha porque hay muertos a deshora, a destiempo. Demasiada gente en la memoria que uno resucita, a veces queriendo, cualquier mañana de Cuba. Si es octubre 6 se piensa en el Crimen de Barbados, pero el almanaque es un rosario de lamentos.

No logro crear oraciones correctas para hablar de muerte. No consigo dibujarla en adverbios o adjetivos. Literalmente ninguno funciona: es muerte, a secas, reducida, quizás, a su mínima expresión, aunque la narración de sucesos enseñoree la tragedia y el relato, por obligación, resucite al muerto y, por obligación, lo mate al final. Y el hombre vuelve a nacer, a respirar y a morirse y a sobrevivir en ejemplo, y así cada vez que se cuente la Historia en su ciclo interminable. Ese es el precio. Podríamos no hablar, no escribir... y, de paso, olvidar. Pero ya sabemos que es preferible exacerbar el dolor que perder la memoria, que el Día de las Víctimas del Terrorismo de Estado puede ser cualquiera porque las evocaciones tienden a reiterarse en la genealogía cubana.

La familia que quedó también lo sabe. No habría que fecharles el hecho, continúan padeciendo los lunes, los jueves o los domingos por más que 55 años hayan “disimulado” la injusticia y el tiempo, implacable, les muestre ahora retratos antiguos a los nietos sin abuelos. ¿Cuántas veces el bastón hubiera sido un estorbo ante el joven diciendo, “ven viejo, camina que yo te aguanto”? ¿O cuántas veces hubiera resonado la frase del anciano, “ten cuidado, hijo”? Nadie sabe. Lo único certero, o al menos lo más triste que se recuerda, sucedió aquella tarde de abril, en 1961, en Ciego de Ávila.

Dicen que el cañaveral era una hoguera gigante, que más de 300 pobladores acudieron a las plantaciones de El Cedro, una colonia del central Venezuela, y que sobre las 6:00 de la tarde cuando lograron sofocar las llamas faltaban cuatro nombres en el festejo: Santiago González Linares, Rogelio Pena Simón, José María Clomá y Eduardo Harga Fernández. Habían ido a apagar el fuego y el fuego les apagó sus vidas. Lo confirmarían todos al anochecer.

El suceso dolía más porque eran llamas encendidas por otros cubanos, un sabotaje desde la organización contrarrevolucionaria 30 de noviembre que practicaba el terror con instrucciones de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos. Y fue terrorífico en verdad, aunque la bibliografía médica reporte que las quemaduras graves queman hasta los nervios y desaparecen la sensación de dolor. Si no existieran instantes previos y una quemadura de tercer grado no fuera, antes, una de primera y de segunda... Si las vías respiratorias no se envenenaran por el monóxido de carbono, la pérdida de conciencia que sobreviene como resultado sería, incluso, una bendición. Pero no se llega a semejante final sin intermedios macabros, sin gritos, sin asfixia, sin dolor. No hay modo de que medio siglo después disipe el humo de aquellas llamas, que quemen menos, que duelan menos.

"Rogelio Pena tenía el machete enterrado, sujetándolo con la mano derecha. Estaba de pie, retorcido y los demás a su alrededor. Fue terrible verlos así, quemados, rígidos, desfigurados, con los ojos desorbitados." Así describiría la imagen, uno de los contracandelas que encontró los cuerpos sobre la 1:00 de la madrugada, cuando los rostros tiznados del vecindario pasarían a ser, sobre todo, rostros enjutos y llorosos.

Para entonces no necesitarían saber que esa misma noche, 13 de abril, ardía El Encanto. Probablemente tampoco lo supieran al otro día, mientras sepultaban a Santiago, Rogelio, José María y Eduardo, y el desconcierto no se engañaba ni con el periódico del día, que aun no podía reportar la muerte de Fe del Valle. A ella la encontrarían en uno de los pisos de la tienda, una semana después. También calcinada.

Vea aquí el video sobre el sabotaje del Encanto

 


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