Ataque terrorista en día sagrado

Robert Ellis Frots, experimentado piloto, cerró la cabina del avión bimotor, reliquia de la Segunda Guerra Mundial y enrumbó la aeronave desde Miami hacia el norte de Cuba, como había hecho otras veces, sin mayores contratiempos.

Era 28 de enero de 1960. El obrero agrícola Juan Carlos García, a las 3:00 de la tarde, sintió un ruido proveniente del cielo. Volaba tan bajo el avión que pudo leer el número de su matrícula: CN-235. De color blanco y ribetes rojos, pasó rasante sobre los cañaverales del central Adelaida, propiedad de los Falla Gutiérrez.

Del vientre metálico cayeron decenas de bombas incendiarias Bristol, fabricadas en Estados Unidos. Algunos de los artefactos no estallaron y quedaron como pruebas del delito.

Las llamas se propagaron enseguida. Ese nefasto día también sufrieron la agresión en los centrales Punta Alegre, Patria y Morón. Robert Ellis sonrió a su acompañante y regresó tranquilo a la guarida, donde nadie lo molestaría. Al contrario, allí cada uno recibiría 1 000 dólares por el éxito de la “heroica” misión.

En suelo avileño, la ola de humo, el rugido del fuego y la impotencia del pueblo marcaban la tensa jornada que debió ser un día de júbilo para celebrar el natalicio del Apóstol.

Como la joven revolución no disponía de armamento antiaéreo suficiente, para impedir aquellas acciones, el enemigo sacaba ventaja en su guerra económica contra Cuba.

EL SUSTO DE VIRIATO

Cuando se produjo el ataque, Viriato Gutiérrez Falla, uno de los hombres más ricos de la Isla y administrador del central Adelaida, recorría su colonia La Ceiba.

Iba acompañado por el segundo al mando del feudo, Leopoldo Ruiz. Inesperadamente un grupo de campesinos airados, quienes habían sufrido los desmanes de la compañía azucarera en otros tiempos, los increpó duramente.
Temerosos y con el respaldo de Pedro Mora, jefe de campo, se refugiaron apresurados en el cuartel de la Policía Rural Revolucionaria, donde fueron protegidos.

Algunos sospechaban que las agresiones a propiedades de los Falla Gutiérrez y otros magnates azucareros, con estrechos vínculos e influencia en los círculos de poder estadounidense, podía ser parte de un plan para pedir la intervención armada de Washington ante la incapacidad de la Revolución en la salvaguarda de las posesiones.

MOVILIZACIÓN POPULAR

“En la extinción del incendio de los cañaverales participaron miles de campesinos junto con grupos de brigadas armadas, miembros del Ejército Rebelde, autoridades y vecinos de los pueblos cercanos de Falla, Ranchuelo, Punta Alegre, Chambas y Punta San Juan, conjuntamente con los cuerpos de bomberos de Morón y Ciego de Ávila, y constantemente salían de Morón en camiones y otros vehículos, integrantes de las milicias obreras, estudiantes y pueblo en general para cooperar con las tareas de extinción.” Así relataba, el periódico Hoy en su edición del 30 de enero de 1960, la reacción del pueblo frente al siniestro, en el cual dos obreros resultaron lesionados.

De inmediato, los sindicatos de la región avileña se reunieron y acordaron moler las cañas quemadas en los centrales cercanos al Adelaida.

DAÑO ECONÓMICO

Los sabotajes y bombardeos para obstaculizar la zafra no cesaron en 1960. En territorio avileño, por ejemplo, el 6 de febrero dos millones de arrobas de caña fueron quemadas en el central Punta Alegre, dos días después, en las colonias del Adelaida el fuego devoraba 5 884, 721 arrobas y otras 15 000 arrobas, el 15 de ese mismo mes. Estas cifras Fidel las informaba en comparecencia de prensa semanas más tarde de ocurrido el primer suceso narrado.

El avión agresor tendría un final inesperado. Mientras intentaba bombardear el ingenio España, una bomba explotó en su interior y perecieron los dos pilotos. La documentación ocupada, que incluía un mapa de navegación, ofreció interesantes detalles: lugares desde donde partían los vuelos, acciones realizadas, materiales empleados, identidad del capitán, entre otros.

La embajada de Estados Unidos, ante la evidencia, expresó la voluntad de su gobierno de colaborar en el esclarecimiento de los hechos. Puro cinismo, pues nunca había intervenido a pesar de las reiteradas denuncias de Cuba. Y en esta ocasión tampoco tomaría cartas en el asunto.

En tanto las agresiones se incrementaban, la unidad del pueblo en torno a la Revolución se fortalecía. Era el homenaje perenne, de los buenos, al Apóstol de la independencia de Cuba.