Jueves, 13 de diciembre de 2018 8:47 PM

Volver al puerquito

Era sábado y no tenía un p... peso en la cartera, de manera que decidí extraer unos "cucucitos" de mis ahorros personales, en el banco, y sobrevivir a ese tsunami de bolsillo que son los fines de semana.

inter tarjeta magneticaJosé Aurelio PazLas agencias de BANDEC abren, también, sabatinamenteDespistado como soy, o desinformado, desconocía que las agencias de BANDEC abrían, también, sabatinamente; por tal motivo, me colé en el primer Banco Popular de Ahorro que encontré. Pero, como dijera Shakespeare a través de su trágico Hamlet, ¡ah, desgracia mía!, porque se me ocurrió confiar en la modernidad y la eficiencia de las tecnologías. Luego del cambio, para no andar con los “cupecitos” encima saqué, cual entusiasta samurái, mi tarjeta magnética y le pedí a la amable muchacha que me depositara el dinero allí.

Como mi pequeña alcancía plástica pertenecía a la primera agencia bancaria y no a la segunda, la empleada advirtió un descuento de 5.00 CUP por el trámite. Le di vía libre. Luego de meter sus dedillos en el teclado me miró y dijo que la máquina daba un descuento mayor, porque al parecer era según el monto de lo colocado, mas le dije ¡adelante!, ya que no transgredía los 10.00 CUP, aunque pensé que perdía una taza de café exprés en El Cubita. Finalmente concluyó la operación, no sin antes alertar que la transacción demoraría entre media y una hora, y salí a la calle a merodear por las tiendas porque, en definitiva, era sábado, hasta tanto llenaran mi hucha personal para ir a despeluzarla frente a los vendedores de puerco.

A la hora y un tantito (para darle un margen a la máquina) le acuchillé el pecho al cajero automático y pedí la cifra que necesitaba. “Saldo insuficiente”, me contestó el “tipo”, sin miramiento alguno ante mi asombro. Imprimí el recibito donde decía que tenía en tarjeta, como contable, 9.91 CUP y me fui, como quien no quiere las cosas, a dar otra vueltecita para no ser extremista ni que “se me volaran los pichones” por el tiempo que ya perdía y pensando que, quizás, al llegar frente al vendedor quedarían solo las patas y el pellejo.

Perdí la mañana como ese estribillo de una charrada mexicana, ¡Y volver, volver, volveeer...!, sin resultado alguno. Regresé a la agencia y la muchacha que me atendió esta vez me dijo: “Señor, esas cosas pasan a veces, le ruego tenga paciencia.” Pero a las 9:45 de la noche con 54 segundos, según reza en la consulta electrónica, todavía me golpeaba la insuficiente cifra de los 9.91 (número que no olvidaré en toda mi vida). Para no hacer larga la historia terminé por ir a pedirle dinero prestado a un amigo, el domingo, y fue el lunes, después de las 8:00 de la mañana, que los nuevos números aparecieron en mi tarjeta bancaria.

¿Sería, acaso, que la diligencia, nada diligente, de un banco a otro, fue interceptada por los burócratas que retuvieron mi money? ¿O le habrían dado el “fin de semana libre” a esos robots que pretenden aliviarnos, precisamente, el burocratismo bancario que todavía padecemos? Ahora, me pregunto si tendré que volver a ahorrar bajo el cómplice colchón o volver al puerquito. No ese que, alcancía “en pie”, guarda para fiestas de quince o compra de equipos domésticos, sino aquel viejo amigo de la infancia, de carne de yeso y con una ranura en el lomo, que coleccionaba, con celo, mis sueños de niño... ¡Ah, cuando llegué frente al vendedor solo le quedaban las costillas!


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