Sin permiso de anular

Los sorprendí, indiscreto como soy, y quedé mudo. Eran la ternura misma saliendo a paseo como si el mundo les perteneciera por completo y el tiempo no importara. Era el bulevar un mar de gente que, como apurada y convulsa ola, iba a lo suyo en la agonía mañanera de encontrar lo que buscaba, ya fuera un sueño, un jabón barato o una posta de pollo para la sopa del día.

No quise interrogar. No quise ser periodista. No quise romper la magia de esta imagen que mi cámara se apresuró a encarcelar, en su encuadre, pretendiendo atrapar el invisible espíritu de ese instante que aleteaba sus ternuras. Una paz interior compartía el abuelo (¡o bisabuelo, a saber!) con su nieto.

El fruto, más que de un apellido cualquiera, de ese afecto entrañable que es la familia y, a veces, deshilamos con actitudes vanas. Me dije que el título de la foto podría ser Sin permiso de anular, aludiendo a esa cancioncilla de la infancia.

Quise imaginar, entonces, a la madre del pequeño apurando los requisitos de la travesía antes de irse al trabajo; esa jabita de naylon tejido que no pasa de moda en la vida de nuestros niños, aunque del otro lado del mar lleguen sofisticadas mochilitas con su fauna de Disney queriendo desdibujarnos el paisaje; un pomito de agua y otro de jugo por si el infante te da una tángana por hambre o sed y hay colas en todos lados, o no te fías del agua con que están hechos los refrescos callejeros que, de tan naturales, pueden llegar a implantarle un “zoológico” en el estómago.

El coche, “para que el niño no se canse” y una maleta llena de recomendaciones de las que, los abuelos, se ríen en silencio: “Acuérdate de no quitarle el ojo de encima que se te pierde en una cuarta de tierra; ten cuidado no se caiga y se parta un dientecito; fíjate bien al cruzar las esquinas; ¡ah y por si se orina llevas en la bolsa un pañal desechable, aunque si se lo cambias no me botes el otro que ese lo lavo y lo reciclo (…).” Y hasta ella hace en silencio una oración, sin que ninguno de los dos paseantes se den cuenta: ‘Que Dios me los proteja y los traiga bien’”.

Juraría que el padre quiso darle un celular al viejo por si se le presentara alguna emergencia y el hombre respondería que él no sabe nada de esos aparatos, “que traen a la gente boba”, y que se dejaran de tanta estupidez que nada les podría pasar, si  crió a sus hijos sin tantos miramientos; pero, sobre todo, que él aún no está chochando.

Mas, después, cuando ya está solo se dice: “¡Qué caramba! A mis hijos los llevé demasiado recio. Que la disciplina la pongan ahora ellos. Yo a disfrutar de mi nieto y darle todos los gustos que me permita esta vida.”

Pero la historia debe haber cambiado no más pisar los primeros falsos adoquines. Tiene el niño que haber fruncido el ceño como diciéndole al abuelo: “¡Oye, compadre, bájame de este incómodo aparato, que yo no soy tan fiñe como parezco!” Y el capitán, dócil ante el silencioso reclamo o el berrinche del grumete que iza las velas de su alma, obedeció sin chistar para no contrariarlo.

A mi lado pasaron, y juro que no sé quién paseaba a quien. Tampoco dudo que hayan regresado a casa, horas después, el abuelo montado en el coche y dormido, conducido por su nieto quien, seguramente, en el trayecto, le habría cambiado ya el pañal.