Miércoles, 17 de octubre de 2018 2:18 PM

Salvar la silla

Como una castañuela que no calla, en medio del corazón citadino, está el Sevilla. Un “hotelito” en diminutivo, más por el cariño de la gente, pequeña joya de la gastronomía de Ciego de Avila, que por su tamaño.

inter hotel sevillaJosé Aurelio PazHotel Sevilla, joya de la gastronomía en Ciego de ÁvilaComo una castañuela que no calla, pese al cansancio constructivo de su techo, sombrero de ala ancha que da sombra al forastero, y sus paredes queriendo ser chaquetilla, faja, pantalón con caireles y zapatos de ternera (¡¿Ternera dije?!), que han envejecido por la falta de una caricia restauradora, de verdad.

Y uno se pregunta, aun sabiendo que ha traspasado su centuria, por qué no se le toma en serio, más allá de pequeños maquillajes dados por sus propios obreros, si es uno de los orgullos más auténticos de aquí; una copla que, a pesar de los pesares y la abulia casi colectiva de muchos lugares emblemáticos, todavía es bien cantada, con la afinación exacta, gracias al amoroso diapasón de su dirección y sus trabajadores en un maridaje de amabilidad, único por ser cante jondo en los servicios.

Aquellos ventiladores que propuse una vez para su caluroso restaurante, quedaron solo en letra muerta de este periodista inoportuno y respondón que fui para algunos; creo que, ante tanta desidia, en cualquier momento Julito y su troupe le entregan abanicos sevillanos a su clientes al entrar a ese reino de fandango culinario que ofrecen, con un menú históricamente estrecho, pero casi invariable y a costos muy humanos.

Si bien allí se hospedó Jorge Negrete, con todo su tablado de fanáticas queriéndole arrancar la portañuela en época de tanta supuesta moralidad, grandes figuras de la intelectualidad y el arte hoy, cuando les piden venir a Ciego de Ávila, exigen que los pongan en el Sevilla, que no tendrá agua caliente en sus habitaciones ni cortinas de glamur en sus baños, pero posee un alma singular como la ciudad hispánica que le da nombre.

Y es que el hotelito tiene, como diría una vieja canción, ¡su no sé qué, su qué sé yo!, que lo hace grande no obstante su pequeñez, al margen de que su torero y su toro fenezcan como esculturas, sus enredaderas hayan desaparecido o sus arabescos de yeso amenacen con lanzarse, sin paracaídas, para llover sobre oídos sordos.

No creo que haya que pedirle a los auténticos sevillanos venir del otro lado del mundo a salvar la gema, que Velázquez tenga que pintar sus paredes, Bartolomé de las Casas hacer una oración para que no se caiga o el propio Gustavo Adolfo Bécquer recitar viejos versos frente a sus acondicionadores de aire: “Dices que tienes corazón y solo lo dices porque sientes sus latidos. Eso no es corazón...; es una máquina, que, al compás que se mueve, hace ruido.”

Ojalá que nunca tengamos que jugar aquel juego infantil, cuando gritábamos tirándonos todos sobre un único mueble: “¡El que fue a Sevilla perdió su silla!”. Nos toca a los avileños el milagro. ¡Ah! y sin subir los precios para que este latido de conciencia no se nos convierta en infarto.


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