Domingo, 23 de septiembre de 2018 9:44 PM

Qué monada

“Mi marido me tiene preocupada por la pulgada que le sobra (…).” Aquella frase, escuchada al azar, en un cruce por una zona Wi-Fi, hizo frenar mi apurado paso y sentarme a escuchar creyendo tener ahí un latido morboso y sexual para la sección. En definitiva, los periodistas cargamos con el Sambenito de que somos “chismosos”.

Esperé la que sería lógica respuesta de la otra muchacha: “Niña, yo viviría feliz. Acuérdate de aquello de ‘Caballo grande (…).’” (Aunque siempre me he preguntado para qué uno quiere una bestia inmensa si no anda, ni siquiera trota para justificar su sobrada estatura).

“Nada, que no duerme. Le da vueltas y vueltas a la almohada como si se tratara de un timón y cuando logra rendirse ronca como el estrepitoso sonido del Karpati”, continuaba la primera mujer, cual si se tratara de la popular pieza teatral Monólogo de una vagina.

Agucé el oído con mi aguja de hilvanar palabras. “La cosa” pintaba bien, me dije, y ella continuó: “¡Y lo cara que le costó la operación! Un boleto a Panamá, enviar el instrumental como equipaje no acompañado, pasar el laberinto de la Aduana y buscarse, luego, un especialista para la adaptación en el mismísimo caballo (…).”

Quedé petrificado. Seguramente la ampliación en el “acordeón” fue mediante una de esas operaciones clandestinas que se hacen, “por debajo del telón”, trayendo “de afuera” los implantes, si una peneplastia o alargamiento del pene cuesta, en cualquier parte del mundo, unos 10 000.00 dólares. Luego pensé como urólogo: “Corte del ligamento suspensorio que conecta la base con el hueso púbico, injerto de piel o agrandamiento mediante liposucción (…)” y se me puso la carne de gallina cuando imaginé ese postoperatorio con pesas colgadas del “miembro” que hay que sufrir durante meses.

“Ay, mija, pero si eso se ha convertido en una epidemia”, al fin dijo la interlocutora. “¡No sabes la cantidad de amigos míos que están con el mismo dilema después que se gastaron la meca y la seca, por la maldita pulgada de estiramiento. Por eso le dije a mi marido cuando me lo propuso: ‘Hey, ¡ni te muevas que eres caballo muerto en la carretera! ¡Olvida tango y canta bolero, que esa inversión permite mejor movimiento, pero como cantaba Silvio, (…) nadie se va a morir, menos ahora (…).’”

La desilusión fue grande. Llevaba yo más de media hora con la oreja inflamada de tanto voyerismo auditivo para no perder detalle, cuando la primera preguntó a su amiga que, a su vez, tiene otra amiga que trabaja en Tránsito: “¿Ella te ha dicho si, finalmente, van a dejar circular los antiguos Berjovinas y Karpatis convertidos ahora en Suzukitraki tras la ampliación de su caballo? ¡Porque no es fácil seguir a pie después de haber gastado tanto en esos famosos kits de motos!” La otra quedó meditativa: “No sé qué te diga. De verdad que no sé ¡Caballero, por una pulgada de más!”.


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