Oreja peluda

Creo que mis orejas le caían mal. A esa conclusión llegaba yo, con mis siete años y mi tercer grado en curso, cuando ella las retorcía como chicharrones de viento. Si bien había sido bautizada con el mismo nombre de la novia de Romeo en la mítica tragedia de Shakespeare, nada tenía de delicadeza ni de romanticismo. Era una maestra dura e implacable. Fea física y, también, espiritualmente, me hizo sentir mal alumno y culpable de no sé qué, a punto de no querer ir a clases y casi repetir el grado.

Mi madre, que un día me las vio coloradas como tomate de cosecha, luego del mutis que hacía yo frente a sus interrogatorios, optó por cambiarme de aula y ahí terminó el bullying de aquella profesora, vecina del barrio por demás.

Ahora una lectora me ha pedido, en plena calle, ya no que hable del acoso escolar entre alumnos (fenómeno que ha existido siempre, aunque ahora esté más exacerbado a nivel global), sino de educadores hacia educandos, ante un mal que, por supuesto, si no es general, sí muestra su “oreja peluda”, sobre todo, en tiempo de exámenes. Hay padres que hablan de discriminaciones y notas injustas porque su hijo no es el hijo de “fulanito o menganito”, que los llenan de favores o tratan de amortizar el bajo rendimiento y las malas notas con regalitos que los más humildes no pueden proveer. Otros dicen que es más cómodo y conlleva menos esfuerzo ser amable con el “alumno estrella”, disciplinado y estudioso por naturaleza, a tratar de enrumbar al más rega’o, al que no le gusta la escuela, que es, en definitiva, el que cuelga al pecho la invisible medalla, sin precio y sin comparación, de verdadera maestría en sacar a flote valores humanos.

Decía Martí que la autoridad del magisterio no puede vivir, solapada, solamente bajo el ejercicio del poder, sino, también, del amor y, sobre todo, de la ejemplaridad.

Un maestro que les grita a sus alumnos no puede aspirar a que sean mañana hombres y mujeres de hablar bajito y de manera educada; un maestro que se deje sobornar para premiar con una nota inmerecida, aunque sea por una simple merienda, no educa en principios; uno que le dice a un alumno “No sirves para nada” deja una huella mucho más permanente y profunda en la víctima que el puñetazo o la ofensa entre alumnos, porque presupone ser el paradigma.

Imputan a Mahatma Gandhi esta anécdota, durante sus estudios de Derecho en Londres, en la que un racista profesor, de apellido Peters, trataba de humillarlo por su origen hindú. Un día, almorzando en el comedor de la Universidad, el alumno tomó su bandeja y se sentó junto al profesor. Este, altanero, le dijo: “Joven Gandhi, usted no entiende, un puerco y un pájaro no se sientan a comer juntos.” A lo que este contestó: “Esté tranquilo, profesor, que me voy volando”, y se cambió de mesa. El señor Peters, verde de rabia, decidió vengarse en el próximo examen, pero el becario respondió, con brillantez, todas las preguntas, de manera que quiso llevarlo al límite: “Si usted va caminando por la calle y encuentra una bolsa, y esta trae dentro sabiduría y dinero, ¿qué tomaría?” Gandhi respondió sin titubear: “¡Claro que el dinero, profesor!” El otro, triunfante, respondió: “Yo, en su lugar, habría agarrado la sabiduría”, entonces, el hindú volvió a la carga, con suma inteligencia: “Cada uno toma lo que no tiene, profesor.” Histérico ya, el hombre escribió en la hoja del examen: “¡Idiota!” y se la devolvió al joven. Este, al verla, dijo con toda ingenuidad: “¡Profesor Peters, usted me ha firmado la hoja, pero no me puso la nota!”