Ñoñerías

Un reciente estudio científico ha determinado la palabra que con mayor frecuencia emplea el cubano en los últimos tiempos. Ella denota enojo, asombro, sorpresa, inconformidad, etcétera, etcétera. Es tan corta y de tanta sustancia semántica a la vez —siendo apenas una partícula de lo que en el castellano fuera una mala palabra—, que encierra miles de significados cuando exclamamos un ¡Ñooo!

La eñe, aunque nos pareciera una letra de poca frecuencia en el lenguaje, existe en más de 17 000 palabras en el español y su empleo, cual sonido, viene desde la Edad Media para sintetizar otros fonemas. En nuestro entorno actual hay voces que han asumido significados diferentes: piña (reina avileña destronada en el mercado); compañero (solidaridad en ocasiones engullida por el frío y distante señor); puño (objeto para golpear que suele sustituirse en las reyertas por otro mucho más peligroso como puñal); baño (mínima habitación casi siempre cerrada y maloliente por la cual te cobran la entrada en establecimientos públicos); campaña (método predilecto por la chapucería); muñeca (artículo extraño de encontrar en los juegos infantiles); mañana (estado emocional impreciso); coñac (alcohol coloreado con azúcar quemada para y por cualquier “motivito”); año (lo que se nos va volando); cumpleaños (fiesta que te celebran ahora en Facebook con deliciosos dulces, champanes y pitos virtuales exentos de costo)…

Sin embargo, existen muchas palabras claves en la vida del cubano precisadas de rescate y que pudieran ir desde el añojo, la carne roja que no acaba de “retoñar” en nuestros campos para servirse en la mesa con naturalidad, hasta los sueños, esos invisibles hilillos de los cuales pende la esperanza y no debemos ir a comprar fuera de esta Isla, sino fabricarlos aquí con la mejor fibra del pasado trenzada a la hebra del futuro, bordándolos con nuestras propias manos.

Es por eso que la gente común deja escapar un ¡Ñooo! cuando llenan los mercados, sin otras opciones más asequibles, de productos gourmet, si nadie ha explicado que se trata de un estilo de cocina saludable para bolsillos del Primer Mundo, y pensamos que es una carísima marca de productos inalcanzables o una enfermedad enlatada por la globalización. Es por eso que, también, se escucha un ¡Ñooo! colectivo cuando algún carro estatal pasa cual nave espacial sin detenerse, mientras la muchedumbre se derrite fuera bajo el endemoniado sol; o cuando la “simpática” abejita Apizún parece haber libado en los tulipanes de Holanda o los cerezos de Japón, y no en nuestros campos, si un simple pomito de miel ahora vale una misa en París.

Como dijera, en situaciones tales, mi amiga Mayda, “dejémonos de tanto ñoñoñó y tanto ñequeñeque” y acabemos de levantar el país que añoramos los cubanos.