Domingo, 27 de mayo de 2018 3:46 AM

Monólogo incapaz

Cual Alfredo Lingüini, el joven tímido y torpe de la película Ratatouille, quien estropea la sopa tirándola al suelo, el hombre se me acercó y temblé, mientras tomaba un “cortadito” en el Café Cubita. El implacable tipo no respeta “horario ni fecha en el calendario” para examinarme, constantemente, con sus preguntas “tontas”.

“Chico, tengo algunas dudas que tú, como periodista, puedes aclarar” inquirió con malicia: “¿Tú sabes si Cristo tomaba café?” Ante mi cara de póker sacó su móvil y me mostró una imagen. Sobre las rocas de lo que fue el puentecito japonés del bulevar avileño, descansaba una efigie en yeso del personaje bíblico frente a una manchada taza, evidentemente, del oscuro líquido. A su lado, un San Lázaro decapitado con un coco seco y sin masa como única ofrenda ante la deidad.

Improvisado santuario callejero que la más absoluta permisión de la dejadez y la indisciplina levantaba con múltiples lecturas.

Pero no me dejé provocar. Le devolví el móvil y aspiré el ardiente aroma. No se contuvo: “¿Me puedes explicar por qué las jardineras del parquecito del edificio de 12 plantas comenzaron a repararlas hace meses y todavía padecen su vitiligo de cemento? ¿En qué otro país del mundo, tú que has viajado, porque yo no he salido ni a la esquina, te cobran por entrar al baño de un restaurante o cafetería si eso va incluido en el servicio, teniendo que pagar 1.00 peso por un sitio, las más de las veces, maloliente, sin papel higiénico, jabón o toalla?” Y él mismo se respondió: “¡Así los administradores se quitan el golpe de encima multando al cliente!”

Intenté neutralizar, en lo posible, la dosis de vitriolo derramada. Ni se inmutó. Seguía su sordo (o sórdido) monólogo, mientras me susurraba cual si se tratara de una cuestión estratégica: “¿Tú sabes si en la provincia están criando vacas holandesas? Sería la única manera de justificar que en algunos lugares vendan la mantequilla reenvasada al mismo precio, 1.95 CUC, que la importada desde Holanda, cual si pagaran iguales aranceles aduanales.”

De pronto, pareció cambiar el dial de su cantaleta: “A veces, tengo sueños eróticos…” Lo miré asombrado: “Sí, sueño con poseer un paquete de Duralgina en el bolsillo y otro de masa de pizza en la mano. Ahora, ninguna de las dos alivia del todo el dolor de cabeza real y el de la subsistencia… Pero, nada, ¡seguimos resistiendo!”, concluyó a modo de consigna y le dio otro giro a la conversación entre él y “sí mismo”.

“¿Te has fijado? Las rosas que venden frente a la Iglesia, una especie colombiana, no huelen a nada, por eso les echan un tufito de perfume barato y hasta brillo artificial. ¡Cómo se extraña una pucha de olorosas mariposas, nuestra rebelde y casi extinguida flor nacional!… ¡Deberías escribir de estas cosas!”

Empiné mi taza para alcanzar la última gota y aproveché su silencio momentáneo: “Estoy jubilado”, dije, y, entonces, me lanzó la estocada final: “¡Un periodista jamás se jubila! ¡Un periodista no se hace el sordo!”


Comentarios  

# barbaro martinez 24-12-2017 17:42
simplemente GENIAL

brmh
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