Martes, 23 de octubre de 2018 1:48 AM

Mi cuerpo se rebela

intro cajas jugoJosé Aurelio PazLa Estancia, cuando bien pudiera responder al oriundo nombre de La FincaVoy a morir con la zozobra de no conocer mi verdadero origen. Ese gen fundacional que a algunos desvela, sobre todo si se trata de obtener un pasaporte que abra las puertas que muchos países nos cierran, bajo la simple sospecha de ser cubano; cual si todos quisiéramos abandonar la ricura del amanecer criollo; el buchito de café mañanero, que traspasa la cerca trasera de la vecina, dándonos los buenos días cuando la cuota fue un suspiro; y esa “sarna con gusto no pica” que es el barrio, con su choteo propio y su despiadada chismografía; en síntesis: ser rico, espiritualmente, aunque a veces no tengas ni para comprar el pan.

De un lado, mi piel de dálmata, bajo este verdugo sol, me hace pensar que soy el resultado, en el tiempo, de un labriego canario, venido de aquellos áridos parajes de cabras y alpargatas a buscar fortuna y amor de mulata en esta Isla. Pero "el gallego" se me rompe cuando, ante el más mínimo repique de tambor, sufro una terrible picazón en los pies (¡y no es eczema!) inclinando mi origen hacia la sospecha de traer en sangre a un etíope Mursi.

Mientras muchos se desgastan entre inscripciones literales de nacimientos y "requerimientos" (palabrita de moda que hace temblar a quienes apuestan por una segunda nacionalidad), mientras no he escuchado, hasta ahora, a nadie que indague de que tribu o etnia proviene para hacerse un documento de viaje al cono africano, mi cuerpo, donde se funde y confunde la castañuela con el chequeré, se rebela.

Se rebela a no bañarse con el mismo jabón, si después de probar un oloroso Sensus traído de Brasil (y casi “sensus-rado” por su prohibitivo precio) para aliviar tus carencias de buena piel y esconder ausencias productivas nacionales estables y de calidad, nunca más lo encuentras. En su lugar, recibes la sorpresa de otro “forastero”, llegado esta vez de Alaska, Hong Kong o Israel para intentar convencerte que eso de maridarse con la marca de un mismo producto “es un rasgo diabólicamente capitalista” y los cubanos somos tan “resistentes” como para morirnos porque nos salgan escamas en la piel.

Mi estómago también se rebela. Un exquisito extracto de jugo en polvo de guanábana o tamarindo (¡que ni las matas ya dan!), venido de Chile, desaparece de los anaqueles de las tiendas por su aceptación e inexplicables torpezas de nuestro mercado y, en plena temporada del mango, tienes la única opción de esta fruta bajo una marca nacional de tufillo foráneo como La Estancia, cuando bien pudiera responder al oriundo nombre de La Finca.

Nada, que somos el pueblo más experimental del mundo, el más “ingenioso y creativo”, el que más tipos de detergentes o de champú ha usado, aunque no entendamos por qué la Presidente tiene que venir a robarle el verano cervecero a la Cristal; locos por verle el rostro a quienes importan productos de mala calidad y, luego, triplican su costo original, sobre todo cuando, ante el galáctico precio de las galletas o caramelos para los niños, uno no puede más que recomerse el hígado y cantar, bajito, Bájate de esa nube y ven aquí a la realidad...


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