Mal de ojo

“¡Mijaaa, que el ojo que mandaste dentro de un zapato nunca llegó!”, gritaba Carmelina pegándose lo más posible el móvil a la boca, mientras hablaba con su tía “del más allá”, en medio de miradas de estupor y complicidad de nosotros, sus amigos, que hacíamos una descarguita en su casa.

“¡Si no mandas otro rápido tú vas a ver que me la van a aplicar y entonces sí va ‘a correr la sangre’, y yo no tengo con qué pagar!”, volvió a gritar, en medio de la música, y todos quedamos bizcos, como si escucháramos el diálogo de una novela policíaca de Agatha Christie.

¿Acaso se trataba de un crimen pasional, en el cual la tía había matado a su marido y pensaba regresarlo a Cuba, hecho cuadritos de sustancia, porque él siempre pidió que, si moría allá, lo enterraran aquí junto al mamoncillo del patio? ¿Era un ojo de águila o mapache, quizá, urgido para armar la “prenda” que pedía el santo?

“Tía, si me pasa algo luego te va a quedar el cargo de conciencia —advirtió mientras se ajustaba, molestísima, el cinto del vestido. Acaba de mandármelo con una ‘mula’ antes de que sea demasiado tarde”, concluyó apagando su celular y mirándonos dijo: “¡A otra cosa mariposa! ¡Vamos a seguir la fiesta!”

Nadie preguntó, pero ya no teníamos tanto ánimo para bailar. La sospecha de que Carmelina escondía “un cadáver en el closet”, según el argot criminal cuando una persona esconde un secreto oneroso, nos aguó la noche y fuimos diluyéndonos por la puerta, uno a uno, mientras ella se preguntaba: “¡Eh!, ¿y a estos qué mosca les picó?” Maluma, comiéndose las “eses” en el dialecto “paisa” de su último éxito, nos llamaba al sexo “sin fronteras”: “¡Vamo’ a ser feliz, vamo’ a ser feliz, felices los cuatro (…)!”

Y “(…) así pasaron dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas (…)” como dice la canción infantil del barquito que no podía navegar cuando, la otra tarde, mi amiga tocó a la puerta. Ofuscada, sofocada, temerosa y suplicante pidió entrar. Traía un talón de papel en la mano blandiéndolo para abanicarse cual si le faltara el aire, mientras decía con retintín: “Se lo advertí, se lo advertí, pero no me hizo caso. ¡Ahora me va a tener que mandar los fulas!”

Miré a ambos lados de la calle para asegurarme de que ninguna autoridad la seguía y le pedí que entrara. Le traje un vaso de agua para calmar la reseques de su boca y, como quien pretende apurar un purgante, exclamó: “¡Necesito alguien que me preste 1 000 pesos que me cogió Juan Luis Guerra y la 440!”

Seguí sin entender. “Sí chico, yo le había hecho una maraña al contador para que no me marcara el verdadero consumo eléctrico, por eso era que a mi casa le decían el trasatlántico del barrio. Pero la muy puñetera no me mandó a tiempo el ojo para la puerta que me permitiera “cambiar de palo pa’ rumba” si venía el inspector. Me tocaron. Abrí medio dormida. ¡Y el corrientazo en el bolsillo me ha llegado al mismísimo c… coxis!”